DOS CORREOS Y UNA TERTULIA

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Sobre Conchita Cintrón, Aníbal Coto y los hermanos Humberto “Viko” y  Edgar “Macho” Pacheco quienes jugaron con el Club Sport Cartaginés campeón de 1936


Encontré una nota escrita por Don Humberto Pacheco en el Periódico la República, parte de ella era una bonita historia Cartaginesa sobre  la figura de Don Aníbal Coto y la familia Pacheco.

Dado lo interesante de la lectura contacté a Don Humberto Pacheco para solicitarle el permiso para reproducirla en Mi Cartago y de paso ampliar sobre el personaje de Aníbal Coto el caballista de Cartago.

“No tengo objeción alguna a que reproduzca la columna en su interesante periódico.  Al contrario, le agradezco su interés.  Pero ampliar la semblanza no está tan fácil, porque yo era muy chico cuando todo eso pasó y lo que más recuerdo es que él era muy bueno con la mandolina pero más bravo que el carajo”. Contestó Don Humberto, y agregando otros recuerdos sobre Aníbal Coto.

Presento el artículo del periódico La República que originó esta Tertulia el cual decía así:


Nos sumamos a las condolencias por la muerte de Conchita Cintrón. La recordamos con admiración como modelo importante de nuestra infancia ecuestre. Vivíamos el paso entre los años cuarenta y cincuenta y nuestro Tío Abuelo Aníbal Coto, riguroso pionero de la caballería de Costa Rica, había dispuesto que los niños Pacheco debían aprender a montar a caballo “como Dios manda”. Conchita era el ídolo a emular, pues además de torera valiente, era impecable jinete. Por mucho tiempo tuvimos que oír que no lo estábamos haciendo como ella, sobretodo nuestra hermana, no obstante ser una excelente jinete.

Muchos años más tarde y ya muerto Don Aníbal, cuando regresamos al país tras forjar una parte de nuestra educación en el extranjero, amigos de Cartago nos contaban como ponían el reloj cuando él pasaba frente a sus casas, montado en su peruano negro azabache, el Inca. Salía diariamente de la casa de la familia a las tres en punto, pasando por el Colegio San Luis Gonzaga rumbo a la Iglesia de Los Ángeles, y regresaba por el costado de las ruinas de la Parroquia; un día si y el otro también.

Que bella época y que linda ciudad era la ex –capital, hoy reducida a pobre pueblo por la indolencia de sus ciudadanos.

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La pluma de Don Humberto Pacheco y su historia me agradó, y como ya conté fue lo que me  motivó a que le escribiera.  En su respuesta Don Humberto amplió sobre Don Aníbal Coto y me contestó con las siguientes líneas las cuales recomiendo al amable lector leer para trasladarnos a un Cartago del recuerdo, una ciudad que se nos fue de las manos y probablemente por un mal camino.


Segundo Correo de Don Humberto Pacheco :


Hola Don Esteban,

Leiva, también de los apellidos de cepa de antaño.  Muchas gracias por su mensaje.

Yo no nací en Cartago, pues mi padre estudiaba a la sazón su último año de derecho cuando nací, por lo que él es el último de nuestro linaje que nació allá, pero guardo muchos y muy lindos recuerdos de mi infancia, sobretodo las vacaciones escolares que pasaba en casa de mi abuela Graciela Coto. 

 

Por los lados de Pacheco y de Coto, los apellidos de Papá, todo un historial.  Por ejemplo, Papá, también Humberto pero más conocido como Viko, y tío Edgar, más conocido como Macho, jugaron ambos con el Cartaginés campeón de 1936, respectivamente de interno izquierdo y extremo derecho.

Su tío Reinaldo, hermano de Aníbal, jugó con el Cartaginés campeón de- creo- 1929, y más recientemente, sólo por un ratito, el más joven de mis dos tíos, Adolfo, más conocido como Fito, talvez el más grande montador de caballos de la historia de este país, jugó con el Once Tigres.

Yo me hice jinete al lado de Papá y mi hermana, echánDonos unas montadas de 8 horas cuando íbamos a nuestra Finca El Azahar, en Corralillo.

 

Sobre Aníbal Coto una semblanza ampliada

Ampliar la semblanza no está tan fácil, porque yo era muy chico cuando todo eso pasó y lo que más recuerdo es que él era muy bueno con la mandolina pero más bravo que el carajo.

Cenaba solo, muy temprano, y luego mi abuela y su hermana Silvia nos dejaban entrar a los demás al comedor.  Cuando recibía la visita de su amiga Dora Calleja, creo que hermana de Armando, el Negro Calleja, según Papá un portero como nunca vio otro, se sentaban en un corredor interior que daba a un pequeño jardín y cuidado sí los niños, incluidos los Saborío de Alajuela, hijos de la hermana menor de mi abuela, Flora Coto, casada con Toño Saborío, hacíamos el menor ruido porque nos ahorcaban.

Tenía bellezas en monturas con picos de plata y cueros preciosos.  A mi me quedó una de color vino que era una fantasía, pero de ésta no tengo el menor trazo, después de que me fui a estudiar al extranjero, época en que se acabaron los caballos de sangre para mi, pues cuando volví lo que tuve fueron caballos de campo sueltos en el potrero en San José de la Montaña.


Continúa la Historia sobre Don Aníbal

Tuvo un carro Buick elegantísimo, que manejó una vez y lo chocó, y nunca más lo volvió a sacar pero lo mantenía en garage cubierto y limpio como un espejo, como mantenía las cuadras y las monturas. 

Su asistente Memo, al parecer un pariente lejano que vivía en esa gran casa, se lo mantenía inmaculado, pero él decía que Memo era muy peine y no lo dejaba bien.

De Don Aníbal heredé una histeria por el orden que a veces me atraganta.  Y también, de su época de Comandante de Plaza- entonces con el grado de Coronel- una cruceta de plata alemana que hoy día hace las delicias de mi nieto Santino Pacheco.

Lamentablemente ninguno de mis dos hijos, Humberto III que hoy día es un exitoso abogado en Nueva York, y Miguel, que se gradúa este año también de abogado de la UIA, pudo disfrutar de los lindos años de Cartago, hoy imposibles de duplicar en este país. Este último lleva el nombre de ese gran pediatra cartaginés que fue su abuelo materno, el doctor Miguel Ortiz Martín, hermano muy menor de ese otro abnegado y prominente doctor cartago, Jorge Ortiz Martín.

Como puede ver, por todos lados nos corre sangre cartaginesa.  Lástima grande que cuando inusualmente visito Cartago, como recientemente que enterramos a Flora Ortiz Martín, hermana de mi suegro, me deprime ver en lo que se convirtió aquella bellísima ciudad de mi infancia.

Disculpe que me extendí pero es un tema que llevo muy arraigado.

Un saludo cordial,

Humberto Pacheco

 

Con el saludo de Don Humberto Pacheco, termino esta Tertulia un viaje por el tiempo que compartí en un par de correos con Don Humberto Pacheco a quien le quedan las puertas de este periódico abiertas para cuando desee compartirnos alguna historia de la vieja ciudad de Cartago que él conoció.

 

Foto  imagen de Humberto Pacheco usada en la columna que él escribe en periódico La República llamada Trota Mundos

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