EL JARDIN DE FUCHI

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Después de salir de la Casa Pirie, ahora la Casa de la Ciudad en Cartago, mis padres se pasaron a vivir a la antigua casona de la finca Pirie-Pacheco frente a la Escuela Juan Vásquez de Coronado en Agua Caliente.  Para entrar, había un portón inmenso de color verde foresta y una puerta pequeña por donde pasaba la gente.

Desde esa entrada se llegaba a toda la finca que en tiempo de los Troyo se llamó “La Fe,” y luego “Agua Caliente Coffee Company” cuando la compra la sociedad Pirie-Pacheco en 1925.

En esos días de la mudanza, mi futura madre estaba en estado muy especial pues ya estaba a punto de dar a luz a su tercer hijo, pero también mi padre andaba preocupado con la esperanza de ganarse un premio con el ganado que había llevado a la exposición de la Estación Experimental El Alto, bajando la cuesta de El Fierro camino a San José.  ¿Recuerdan?

¡Ah sí!  Me cuentan que para adelantar los hechos, esos primeros días de octubre de 1950, mi papá se la llevó a caminar cuesta arriba, empujada y jalada hasta el Alto del Zoncho en las profundidades de Agua Caliente en los Montes de Girara. Deseaba adelantar el suceso esperado ya que tampoco podía faltar a la exposición. Parece que esa mañana estaban Dorita Araya y mi madre, haciendo jalea de guayaba en la vieja cocina.

Después de hervirla un largo tiempo con mucha azúcar y los ingredientes necesarios; cuando ya estaba “a punto,” la pasaban por un colador de tela que era como un chorreador de café. La estufa era muy larga, hecha de hierro fundido, tenía una buena chimenea que nunca soltaba humo y se cocinaba con leña picada bien fina.  Ahora se usa la corriente eléctrica, pero en ese tiempo era más fácil con leña. El hierro fundido mantenía muy bien el calor que a la vez también servía para calentar el agua de chorrear café.  El café de la finca del saco escogido que nos mandaba don Augusto Araya, el mandador.  ¡Y claro que tenía un gran aroma que se iba por toda la casa y era de puro sabor concentrado!

Bueno.  Así fue como allá en 1950, en medio de la jalea, el café y la dura trepada al Alto del Zoncho, me tocó el momento exacto para nacer.  ¡Aun no sabemos, si fue a consecuencia de la subida del cerro o si además tuvo que ver un fuerte temblor que se vino esa noche.  ¡Qué noche!  

Como salí medio caminante, de pequeñito corría y jugaba en el gran jardín de la casa donde los tres perros fox terrier: Dugal, Skippy y Solus me cuidaban y acompañaban.  Pero tan pronto que podía me escapaba, para ir a caminar por el largo y boscoso callejón.  Dorita salía a buscarme y me encontraban fácilmente, porque mientras caminaba me iba desvistiendo y dejando una huella de ropa tirada. ¡Si no llegaban ellas, los peones pasaban a la cocina y ponían el parte y así me agarraban!  De vuelta al jardín. 

Otras veces me dejaban con el jardinero. Un excelente hombre era Antonio Salazar al que también llamaban “Fofó” por tener la costumbre de ir cantando alguna pieza del momento que siempre sonaba como Foforó-fofo. 

Una mañana llegue llorando donde Fofó porque los perros se habían pegado uno con otro y no había forma de despegarlos. Pensé que se iban a morir. Pero Antonio me tranquilizó y me dijo que ahorita se componían y que solitos se despegaban, y así fue. De más grande me gustaba galopar con mi papá, por los mismos callejones en mi caballo blanco. ¡Por supuesto, viendo para atrás! ¿Cómo viendo para atrás? Tan buen jinete que me montaba viendo para atrás y corría el caballo a ciegas.

El hermano de Antonio se llamaba Lelo. A Lelo lo mandaban a apear naranjas y  grapefruit para hacer frescos.  Antonio contaba que Lelo a aveces veía un “bulto,” cuando estaba en el palo de naranja; que de reojo a veces podía ver un bulto como ellos le decían a un espíritu o a un susto. Claro, si es que en las fincas eso siempre pasaba y más aún en el tiempo de antes.  Ahora casi no se ven bultos. Con los años, don Antonio Salazar se pensionó y su vida siguió pasando. Pero el jardín de Agua Caliente nunca cambió.

El Jardín de Fuchi  1976: Durante unos años, cuando nos fuimos a vivir a San José, el jardín se quedó un poco solo y sin niños que jugaran y disfrutaran con los perros.  Pero yo recién casado regresé a vivir a Agua Caliente con mi esposa Rosalía Gil. Cuando ella tuvo a nuestro hijo mayor, fue una gran odisea porque se le reventó la fuente en la madrugada. Ya no eran los tiempos de hacer jalea, pero Dorita siempre estaba con nosotros y nos ayudó a alistar el carro con todas las maletas y cosas del chiquito. ¡Hasta el basurero de Micky Mouse se fue para el hospital. Ese medio angelito que también jugó y correteo en el jardín con nuestros perros de entonces: Happy y Sambo, nuestro viejo Hush Puppy que nunca los alcanzaba.  Ese angelito que cuando tenía dos años, nos lo pedían para la procesión de Corpus Cristi  para ponerlo de primero en la fila, con sus colochos dorados, sus alas blancas y su traje amarillo.

Recuerdo que un día tenía que darle un castigo, pero la mente estratega del futuro abogado ya trabajaba aceleradamente: cuando lo llamé, llegó con una almohada colocada por detrás y debidamente amarrada con la faja. ¡Calculó que así no sentiría la merecida nalgada y lo logró!  Me hizo reír tanto que el castigo quedó en el olvido y al final, la almohada sí logró servirle de algo.

Happy en el Jardín de Fuchi 1982: Ahora el jardín tenía a Happy, una extraordinaria perra pastor alemán. El jardín de Fuchi, lo manejaba ella. Cuando una mariposa decidía bajar al jardín, Happy la perseguía, con pocos resultados. Pero era buena cazadora de moscas. Si una mosca se acercaba por confianza asumida, la confianzuda mosca se volvía una pasa. La confisgada perra se quedaba quedita, con las orejas en posición de alerta y en el momento exacto, caía la mosca de un solo zarpazo.

A David mi segundo hijo, Chris el futuro abogado, lo mandaba a pedir plata y yo les daba cinco colones.  Entonces los dos muchachos se montaban en las choppers, bicicletas bajas de ese tiempo y salían a toda velocidad para la pulpería. Happy, desesperada porque se iban y su trabajo era cuidarlos, tomaba un gran impulso para brincarse el pretil de piedra y salir como una bala detrás de sus niños.  Al volver, luego de haber gastado cinco colones en chicles y toflex, venía uno con la boca atiborrada, el otro con las bolsas repletas de golosinas y Happy con la lengua afuera, se iba directo a la pileta que quedaba al frente de la casa a mojarse la panza.

El domingo salían con la perra a la misa de la Iglesia de Agua Caliente y siempre el padre pedía que sacaran a Happy porque los oficios religiosos eran sólo para cristianos; pero a ella que solo le faltaba hablar, también le gustaba la misa.  Ponía cara de santa y se quedaba arrecostada en el piso fresco, con los ojos cerrados y las orejas alertas, tal vez pensando: “Que se cuide el sacristán, si se atreve a sacarme.”  ¡Como ese pensamiento le daba risa, de pronto enseñaba lo0s colmillos pero de la risa! ¿Que se le puede pedir a una perrita guardiana que le gusta sonreír y andar con los niños siempre, que se  salga de la misa?  En vacaciones y fines de semana llegaban amigos a jugar bola en el jardín.  Fueron días felices y sanos para los jóvenes que se criaban en el campo.

Cuando yo andaba buscando a David para corregirlo, tampoco aparecía en ninguna parte.  Hasta que averigüé que su pequeña hermanita, compinche de armas tomar, lo escondía detrás de la antigua pila de lavar en la parte de atrás del jardín.  “Qué raro, no aparece David,” me decía su mamá.  ¡Cuando ya el peligro había pasado, Tefy, la hermana, lo iba a sonsacar y el tema ya no pasaba a más, no había nada que lamentar!   A ella también le gustaba jugar de muñecas en el caño de atrás con Happy echada al a par y treparse al palo de mango a pensar.  A David le gustaba seguir a las hormigas que cargaban sus hojitas hacia los huecos de sus nidos.  A todos les gustaba el gallinero con sus pollitos amarillos.

Recuerdo una noche de luna llena en que los grandes higuerones del jardín se movían fuertemente con los frescos vientos cartagineses y mis dos muchachos sólo veían sombras parecidas a los fantasmas que supuestamente asustan en noches como estas.  La luz de la luna dibujaba sombras que se transfiguraban y se reflejaban en los ventanales y en las paredes de madera de la vieja casona, y el fuerte viento se colaba por las rendijas de las ventanas, tirando las puertas del closet.  Con semejantes portazos, los dos ya estuvieron absolutamente seguros: sin duda alguna los estaban asustando desde el jardín. Con sólo una mirada de complicidad y común acuerdo salieron a toda velocidad hacia el cuarto de la hermanita menor que en ese entonces tenía una cama muy grande.  Al día siguiente, despertaron más valientes y  fortalecidos con la luz reconfortante del claro sol de la mañana. La tempestad había pasado y la seguridad de la hermanita les había brindado abrigo.  ¡Además de que sabían que la luz del amanecer siempre espanta a los fantasmas!
Los domingos por la tarde llegaban primos, abuelos, hermanos, tíos y amigos a tomar café, mientras los niños jugaban y reían en el jardín, en el amplio corredor sobre una gruesa mesa de madera, deslumbraban a flor abierta nuestras bellas orquídeas nacionales y también las extranjeras. Eran las famosas Catleyas y Phalinopsis que crecían en el invernadero de mi padre en la parte de atrás de nuestro jardín; orquídeas de tantas combinaciones, que cuando florecían formaban una sinfonía de colores. Ese blanco corredor frente al jardín en una tarde soleada de Agua Caliente, con los grandes higuerones y sus nidos de oropéndolas era el sitio ideal para compartir. Los niños jugaban y gritaban y los grandes conversaban y tomaban café con tostadas, pan casero y mermeladas. Pero Happy, sabía que era mejor estar cerca de la mesa del café.

¡Ah sí, esa Happy era discreta en sus fechorías!  Recuerdo como si fuera hoy, cuando en la mesa del comedor tuvimos que poner control cruzado, porque si el bistec venía con “pellejo” los niños en un descuido de uno, lo desaparecían del plato. ¡Y de pronto era la Happy, que con todo el cuidado y esmero de perra extranjera alemana, en un silencio conspiratorio les había hecho el favor de comerse el famoso bistec!  No tenía que moverse de su lugar en piso, sólo se estiraba un poco y la carne le caía, como maná del cielo, de la mano cuidadosa de los niños directo a su boca.  A esa perra policía, le encantaba su trabajo de guardiana. Pero mi niña Tefy, quien era más discreta, envolvía el pellejo en una servilleta y luego desde su cuarto abría cuidadosamente la ventana y ya Happy estaba lista del otro lado, para seguir delinquiendo.

El mejor sistema de castigo para Happy, quien entraba en una terrible depre, era el periódico. Cuando había un problema con ella o con un niño, yo buscaba el periódico y lo arrollaba. Claro, si alguien decía periódico todo mundo salía huyendo. ¡“Sálvese quien pueda…”! La perra salía a esconderse también, porque el periódico arrollado suena mucho, pero no duele. El resultado es muy bueno.  ¿Cuántas veces no me salvó ese periódico? ¡Con solo tenerlo arrollado, hablaba por sí mismo!

Como esa casa era tan vieja y fue construida a nivel, debajo de las habitaciones había un pequeño sótano como consecuencia del mismo desnivel.  Una noche se metió al jardín un perrillo negro y pequeño pero muy enamorado y en las semanas siguientes Happy empezó a meterse debajo de la casa porque ya estaban a punto de nacer sus primeros cachorritos.  A los días, ante los ojos alerta de una cuidadosa y protectora Happy, sacamos los perritos de la cueva y los pasamos a vivir por la pila de lavar.  Unas semanas después el jardín estaba lleno de perritos negros y cafés jugueteando con los niños bajo las atentas orejas paradas de su madre.  ¡Cuántas piñatas y fiestas de cumpleaños para las que traíamos hasta los caballos, no celebramos en ese jardín!

El jardín de Fuchi en 1990: Había sido un día muy triste y emotivo.  Ese día enterramos a nuestra querida Dorita Araya y Rosalía regresaba del funeral para además encontrarse con una Happy muy enferma sobre un saco de gangoche en la cochera.  Empecé a sobarle la nariz como a ella le fascinaba y ante nuestras caricias empezó a sonreír hasta que finalmente cerró sus ojos.  Había aplazado su momento final en el jardín, para esperar y seguir a Dorita.  ¡Por dicha no la distrajeron las mariposas en ese momento! Así pasó muy sonriente al cielo de los perros en donde pueden cazar moscas todo el día.  ¡Y también pueden comer los sobros de la mesa!    
Cierto día caminaba por el viejo callejón, debajo de la maravillosa sombra de nuestros higuerones que probablemente fueron plantados a principio de siglo en el tiempo de los Troyo, cuando tuve la extraña certeza de saber que era la hora de mudarnos de esa casa. Dos semanas después nos fuimos para San José y esa parte de nuestra vida, frente a la Escuela de Agua Caliente, con las risas de los niños en el recreo y en el jardín, fue también terminando poco a poco.  No fue casualidad que a los pocos días de nuestra mudanza, a la hora de los fantasmas, una noche de vientos huracanados, las altísimas y pesadas ramas de uno de los higuerones cayeron sobre la casa, dañando seriamente su techo y su cielo raso.  A nuestra vieja casona, ya para entonces le quedaba poco tiempo de vida.  El daño sufrido era irreparable pero gracias a Dios y a mi premonición, el Jardín de Fuchi había cumplido su tiempo, un ciclo de dicha.

1952: Como mi nombre, Fraser, era de tan difícil pronunciación para un niño de apenas dos años, cuando alguien me preguntaba que cómo me llamaba, yo le contestaba con mucha seguridad: “Yo me llamo Fuchi”.


Fraser Pirie
Aguacal1@yahoo.com

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Post your comment comment Comments (4 posted)

  • Posted by Ana Lilliam Navarro Calderon, 14 May, 2010
    Hermosisima historia de sus vivencias del pasado en la hacienda Pirie, los niños sus hermosas mascotas a las que nunca olvidamos, sus padres, me encanta leer todo lo que encuentro de la familia Pirie, desde la llegada a Costa Rica del Dr. alexander Pirie Booth , las vivencias en la casa Pirie etc, soy de San Jose pero visito dicha casa para recibir cursos y como dije antes me interesa mucho su historia y la de la familia Pirie, me encantaria saber de las ultimas generaciones de los Pirie, gracias image
  • Posted by c chava, 27 January, 2010
    que buena anécdota don Jorge Calderón Gómez, eso es lo bonito de los artículos de don Fraser, nos hace recordar cosas de un Cartago que casi perdimos. image
  • Posted by Jorge Calderón Gómez, 27 January, 2010
    Tuve la dicha de conocer la hacienda Pirie en mis años de adolesencia,nos metíamos, por detras donde es ahora cocorí,a cazar ardillas, comer frutas y bañarnos al lago. Que recuerdos. image
  • Posted by Maria Elena, 30 December, 2009
    Me parece una historia encantadora, me alegra mucho haberla leido, la habilidad del escritor hace que en todo momento, el lector se deleite con las maravillosas vivencias de un nino luego de su familia, su casa, sus perros y todo un pueblo. Mis saludos y respeto al Senor Fraser Pirie, de una lectora complacida con su historia y esperando leer mas. image
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