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Fraser Pirie Recuerda un viaje a mediados del siglo XX a la Finca Florencia con su padre Alex Pirie, cuenta el viaje en el famoso tren "el pachuco", además el tren que corría entre Pejibaye de Jiménez y Turrialba pasando por La Central en Florencia de Turrialba. El viaje, el paseo, la comida y los recuerdos y el sol turrialbeño es lo que brinda el autor en este artículo.
Un niño de visita en Florencia
Por Fraser Pirie
Allá cuando era un niño, mi padre Alejandro Pirie Bertram, me invitó a ir a Florencia. Florencia es una finca bellísima situada siete kilómetros al sur de la ciudad de Turrialba. Después del Catie, el centro de investigaciones del agro y antes de la caída al Río Reventazon y el puente de Angostura, se dobla a la derecha en “109”.
Cuando un padre toma en cuenta a su hijo de esa manera, deja una sensación tan favorable, tan saludable que los niños nunca lo olvidan.
Fui a Florencia de Turrialba por primera vez en tren; en aquel “pachuco” nos fuimos mi papá y yo.
Iba viendo fascinado las curvas, los guindos, las matas de zacates que iban estorbando el paso de los vagones. Terminamos nuestro viaje en tren bajo unas palmeras, que parecían ser de un puerto, pero eran las palmeras que anunciaban alegremente la llegada a Turrialba, la perla sin mar.
Al sonar el largo pitazo de la máquina 60, la gente se galvaniza y de inmediato los vendedores de comidas rápidas de ese entonces, se preparaban para los pocos minutos que tenían para hacer su faena.
No vendían maní garapiñado como en la ruta por Orotina hasta Puntarenas, sino empanadas de carne o de queso, que venían en una hoya metálica adornada de flores y tapadas con un limpión. Mi papá se puso de pie y yo lo seguí y así bajamos al puente elevado de la estación y ahí don Alfredo Monge nos esperaba.
De aspecto joven, con sus botas Turrialba, pantalón caqui y camisa blanca nos condujo al jeep Land Rover, don Alfredo quien usaba un sombrero de casco duro, redondo, que lo abrigaba del fuerte sol Turrialbeño.
Don Alfredo era un hombre muy importante y conocido en la ciudad, dueño del Cine Norma y directivo del Banco Nacional, mucha gente lo saludaba y el siempre respondía muy cortés.
Los señores iban comentando sus asuntos de la finca y yo viendo por la ventana hasta entrar por los plantíos hasta llegar al pequeño Ingenio Florencia.
El Tren de Pejibaye y la Central de Florencia:
A lo largo pasaba otro tren que venía del sur, cerca de nosotros llegó a pararse y se bajó el maquinista a saludar a todos muy amablemente. Si, es que venía de Pejibaye, por la línea que pasaba el Río Reventazon, que luego llegaba a los patios y bodegas del Ingenio en donde podían cargar los sacos de azúcar. Por esa línea de ferrocarril llamaban al lugar del Ingenio Florencia, “La Central”.
Luego ese tren salía frente del Catie en esa callejuela que bordea la carretera larga y que ahora la usan para caminar y correr los deportistas, pero para nosotros siempre será el lecho del tren de Florencia y Pejibaye.
Después le pregunté como todo un niño, ¿“Adonde dormía el tren por la noche”? El maquinista se sonrió y me contestó que lo dormían en su casa en Turrialba.
Ahí pasaron hablando lo que parecían horas hasta que ya nos montamos de nuevo para subir la cuesta larga y sin fin a Florencia arriba. Como iba tan despacio se me hizo larguísima la subida. Pero ya entramos a la casa grande de don Alfredo, de la pequeña estación de Florencia, primera parada después de Turrialba camino a Las Pavas, y las alturas por Cartago, la casa grande de don Alfredo era a doscientos metros al sur, subiendo una empinada cuesta. De un tamaño gigantesco, en la planta baja, estaban las oficinas, en las vigas de madera estaban los ganchos para amarrar a las bestias. En el piso una varilla horizontal para limpiarse las botas de cuero del barro. ¿Porque de cuero? ¡Porque en esa época todavía no estaban las botas de hule colibrí! Mucha gente en los 50’s no usaba el sistema calzado, sino que usaban caites. Ahora que todo mundo esta calzado o sea usa zapatos. Por eso es una terminología que va en desuso.
Por fin subimos las gradas porque era ya de noche. Bueno es que en Turrialba la noche cae muy rápidamente. ¡Claro, si es que esta anidada en un valle natural en donde no se ve el horizonte al estilo guanacasteco!
Alrededor de las oficinas habían jardines muy bien cuidados, naranjales y cultivares diversos. “Ese jardín debe estar lleno de culebras y animales peligrosos”, pensaba yo.
Mi papá me mandó a lavarme las manos y doña Lily Montealegre de Monge nos llama a la mesa. Nos sentamos y al ratito yo me sentía llenísimo de tanto comer. Pero los platos venían y venían más. ¡Siete diferentes platos de diferentes y exóticos manjares fueron puestos en la mesa! Había un plato exquisito que cuesta encontrarlo, ni en los mejores restaurantes de Paris, es un producto del guineo, es dulce y lo cocinan. Encima le pusieron un queso derretido. ¡Mi papa me explica que se llama “plátano maduro con queso”!
Había arroces, una sopa con verduras flotando encima y carnes consumidas. Parecía una “olla de carne”. En vez de leche Dos Pinos, tenían un fresco de agua con sabor a limones. “Que comidas tan extrañas, tan exóticas, pero tan deliciosas”, pensaba yo.
Mi papá se quedó jugando una partida de ajedrez con don Alfredo y yo, ya muy lleno me fui a dormir. No tuve tiempo para pensar en los ruidos de la noche, de ese misterioso y oscuro jardín. De qué animales africanos podrían andar sueltos esa noche. Era una selva, con animales nocturnos que quizás merodeaban por esos lugares. ¿Talves habían indios con flechas? En mi mente de fantasía, me asustaba solo o me deleitaba con posibles imágenes hasta caer dormido. ¡Yo era una mezcla de Tarzán, Linterna Verde, y el Llanero Solitario!
El sol turrialbeño:
A la madrugada siguiente amanecimos muy temprano, me fui a asomar a la ventana y desde esa gran altura, me quedó la imagen de Turrialba para toda mi vida. Una suave nube tapa el cielo en la madrugada y el rey solar se encumbraba allá al fondo por Limón, para deshacer todo eso. Ya pude constatar que no era el lejano oeste, ni andaban los tigres y elefantes del Africa.
¡Era el sol brillante que ilumina las bellas hondonadas del valle y llena de salud y bondad los corazones de su pueblo!
Las flores se lucían con sus aromas frescos, y gotas del sereno nocturno daban de beber a los pajaritos que vivían en ese paraíso. Pesadas naranjas doblaban las ramas de los cítricos y una mata rastrera sacaban su flauta anaranjada triunfante, de la mata de ayote. El zacate de verde tierno contrastaba con el verde oscuro de los limoneros quienes a su vez querían imitar al grapefruit en su preponderancia y tamaño.
Me salí al jardín invitado por las abejas, como ya no daba miedo la oscuridad, pero para estar seguro me fui a fijar detrás de una mata de guineo, y al lado del árbol de pejibaye, pero solo estaban los rasguños al suelo limpio de las gallinas que ya habían pasado merodeando.
Así, salí a andar por todo esa propiedad, por detrás de la casa me asomé y tenían guindando guineos verdes y bananos esperando el momento propicio de su maduración.
Los señores que trabajaban en esas colinas estaban llegando y los fui a acompañar, detrás de esa casa grande, había una acera que subía la cuesta a un viejo higuerón; seguí a los señores y cruzando la calle estaba el estanque, era una pila de cemento bien grande, ¡lo único era que no estaba pintada de azul como las piscinas en San José! Una gran fuente de agua caía en forma natural sobre el agua y el flotante salía de nuevo a una quebrada cuesta abajo, entonces, yo muy atrevido, me fui a investigar. El canalete se alejaba cuesta arriba y de pronto me encuentro con un acueducto muy moderno. Los señores están ahí preparándose para trabajar y me propuse ir a acompañarlos.
El acueducto se toma de un río que pasa por la propiedad y me dicen que es un lindero. Viene de un poblado que se llama San Juan Sur o tal vez podría ser del Norte. Los señores lo están limpiando. De pronto detrás mío oigo un grito y es don Alfredo Monge. “Lo hemos estado buscando. ¡Dios mío!” Ya me lleva de vuelta y mi padre me vuelve a ver con “ojos de cuidado”. Bueno ya el bandidillo se había aparecido. Yo siempre tenía esa costumbre de salir a perderme entre las curiosidades.
Después de tomar café con leche, con un bollo de pan, que le llamaban pan francés o una “mano de pan”. Bajamos a la oficina de esa casa grande y estaban los caballos esperándonos.
Nos montamos con don Alfredo y el mandador y salimos cuesta abajo. Esas bestias son muy buenas para andar en los cañales, porque no se asustan. Si pasa una culebra no se asusta tanto. El que se asusta es uno.
Después de mucho andar por esos cañales y campos abiertos llegamos a una calle que baja por los San Juanes. Esa calle también llega a Las Pavas por dentro de los cafetales.
Las Pavas está por la ribera norte del Río Reventazon y se deslumbra el pueblo de Tucurrique río arriba.
Como a las diez de la mañana llegamos donde estaba almorzando una cuadrilla de peones, había señoras también, todos nos saludamos, pero una señora sentada ahí en el piso debajo de la sombre del café hizo algo que nunca se me pudo olvidar.
Las diferencias:
Se estaba sonriendo con nosotros y yo la miraba. ¡Con su mano discretamente tapa el tarro de la alforja que usaban para llevar las comidas! Sin que fuera obvio, tapa su almuerzo. Bueno yo vi que eran arroz y frijoles, eso que se llama pinto. No entendí porque lo hacía, después preguntaría el por qué una persona taparía su plato de comida, me hizo sentirme extraño, por vergüenza quizás. Como a todos nos gusta el pinto, esas extrañas ideas y costumbres de hace 55 años, ya no son propias. Años después llegue a entender aquello de las diferencias sociales, aunque no las compartía, por no aceptarlas. Pero hoy día las diferencias se marcan quizás entre los que se educan en los grandes colegios y las maravillosas universidades de nuestro singular país. En esos tiempos las diferencias eran entre los calzados y los descalzos, entre los que sabían firmar y los que hacían un garabato. Ahora como una pequeña-gran nación entre los países nos hemos distinguido por ser diferentes y ejemplares: Por no tener ejército y por la calidad afectiva e inteligente de nuestro pueblo.
Después de volver de esa larga gira, llegamos de nuevo donde doña Lily en donde me amarraron el caballo y luego se lo llevaron para el establo. Uno se marea al bajarse del caballo, porque viene viendo durante unas horas todo desde una altura y al bajarse al suelo dura un rato para volver al equilibrio normal.
Papa iba a Florencia el martes y regresaba a San José el miércoles. Nos montamos en el Land Rover y cómo íbamos cuesta abajo, parece que llegamos más rapidito. En el bajo de la cuesta, frente a Susanita, nos para don Alberto Pinto en un Land Rover igual de lento y torcido. Iba con dos jóvenes que también iban de visita con su abuelito más arriba de Florencia.
Esa tarde don Alfredo nos fue a dejar a San José. Salimos del valle verde de Turrialba y subimos por la carretera hasta llegar al alto de la Victoria para luego caer a Juan Viñas. Me quedé dormido y hasta llegar a Curridabat me desperté de nuevo. Es que en ese tiempo la carretera salía de San Pedro a Curridabat. Ahí se doblaba a la izquierda, frente al Banco Popular y el Banco Nacional y se seguía al este por la carretera hasta Tres Ríos.
¡Que aventura más grande ir a la finca con el papá de uno! Poco tiempo después quedé huérfano de padre, pero nunca se me ha olvidado lo que un niño siente cuando su padre lo saca y lo lleva a algún lugar. Por eso me sonrío, cuando veo padres de todas las edades abrazar a su hijo o que lo lleven de la mano. Es algo que va perdurar durante el resto de su vida. Abrazar a un niño es sembrar en su mente un concepto eterno. Llevarlo a la finca es también como un sello que lo marca con el sello de calidad. La ternura y el amor es el mejor sello.
Fotos de la Familia Pirie Bertram
1 El Doctor Pirie y su esposa Jean Bertram. Mi padre Alex Pirie, guindando de su propio padre y los demás hermanos nacidos todos en Cartago a principios de 1924 comentario de Fraser Pirie / archivo personal de Fraser Pirie para Mi Cartago
2 Alex Pirie y su hijo Fraser Pirie: "El “primer lugar” y el trofeo ganado de mi padre Alejandro Pirie. Frente al Patronato Nacional de la Infancia y la Corte Suprema de Justicia. 1952" comentario de Fraser Pirie / archivo personal de Fraser Pirie para Mi Cartago
3 El pueblo de Susanita de Florencia.
Fraser Pirie
Aguacal1@yahoo.com
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Comentarios (3 publicado)
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Publicado en Francisco Brenes Solano, 26 Junio, 2010Que linda historia nos ha contado Fraser Pirie,me remonte a un pasado que nunca volvera,yo vivi esa hermosa epoca de las yuntas de bueyes surcando la tierra para sembrar la caña, las cuadrillas de peones haciendo empedrados en los caminos, el antiguo beneficio con sus chancadores de la epoca, la planta hidraulica generando corriente para el ingenio, Susanita y Florencia, los chapulines Massey Harris y Ferguson acarreando caña para el ingenio, son historias vividas y forman parte de la vida misma y los recuerdos son imborrables
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Publicado en C. Chavarría, 02 Febrero, 2010Don Fraser hace días no nos regala otro artículo, estamos a la espera de otro de estos relatos.
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Publicado en eugenia, 12 Enero, 2010Que relato mas bello,yo tambien tengo memoria de mis paseos con mi padre y mi madre a Turrialba y de jovenes ibamos con mis hermanos-as pero como anoro esos dias !!!! y usted Senor Pirie los relata tan bien que me transporto a esos paisajes de mi Costa Rica.Gracias por sus historias que leo con un gran gusto. Eugenia Fnseca














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