EXEQUIAS REALES EN LA CARTAGO COLONIAL

  • email Email to a friend

Did you enjoy this article?

(total 35 votes)
Adjust font size: Decrease font Enlarge font
image

Exequias Reales en la Cartago Colonial

Por Guillermo Brenes Tencio

En la Cartago colonial, las ceremonias luctuosas, honras fúnebres o exequias reales consistían en la celebración de una serie de misas realizadas en homenaje al difunto en la iglesia parroquial, por parte de la dignidad de más elevada autoridad en la jerarquía eclesiástica. La muerte de un miembro de la familia real desencadenaba un proceso dispuesto tanto por la costumbre como por la legislación: "…se disparará tres tiros de pedrero consecutivo en la Casa de Gobierno, se doblará de hora y en espacio de veinte y cuatro horas las campanas. Las milicias destinadas a cuidar la Casa del Cabildo dispararán cada hora y durante veinte y cuatro horas…"

El despacho de una Real Cédula que participaba la muerte de un miembro de la familia real podría considerarse un acto convencional en tanto implicaba la automática puesta en marcha del procedimiento a seguir para expresar el luto. Una vez recibido el oficio, cada destinatario era consciente del procedimiento a seguir en la demostración pública del duelo. Los distintos cuerpos de la sociedad colonial –gobierno político- militar, estado eclesiástico y ayuntamiento- acordaban el modo en que se efectuarían las honras. Generalmente, el procedimiento a seguir era celebrar misas por el alma del difunto con la asistencia de todos los vasallos a los cuales se había anunciado previamente el acontecimiento por medio del lúgubre tañido de las campanas y los pregones a son de cajas o a usanza militar en la Plaza Mayor y en los demás parajes acostumbrados. Por ello, no quedaba vecino sin enterarse de que un luto muy especial se estaba dando en Cartago. Así mismo se anunciaba el tiempo reglamentario de luto público y la fecha y lugar de los actos que se ofrecían en la Iglesia.

El luto era la exteriorización de un estado de dolor y pena a través de la ropa y demás expresiones que ilustraban el común sentimiento de aflicción por la pérdida de una persona, en este caso de una dignidad real. Los tiempos de duración del luto, las personas que debían llevarlo, así como los accesorios y trajes que debían ser utilizados, estaban establecidos por la costumbre y la ley. Así por ejemplo, en el año 1789, ante la muerte de S. M. D. Carlos III, se acordó lo siguiente: "…tomar luto por seis meses en todo el Reyno por los cavezas y dueños de casas con exclusión de las familias y de todos los indios, el qual se debería entender riguroso hasta que se celebren las Reales Exequias…los seis meses de lutos empezarán a correr ocho días después de la respectiva publicación de los bandos…sin hacer en contrario con ningún pretexto pena de…doscientos pesos para [la] Real Cámara y Fisco…"

En la época colonial, el luto por el rey distante fue concebido jurídicamente en función de tres elementos: el tiempo, las personas y los objetos. El luto oficial por muerte de personas reales se guardaba rigurosamente los tres primeros meses dejando a un lado las joyas, accesorios y demás demostraciones que no concordaran; y los tres siguientes, después de las honras, eran considerados “de alivio”. Las personas que podían guardar luto por la muerte de alguna dignidad real eran los “amos” o “cabeza” de familia y sus respectivas mujeres, y no sus criados o esclavos. Quedaban establecidos también el tipo de trajes de rigor para el luto, que suponían determinadas telas –paño u holandilla- y colores no sobresalientes -como el negro o morado de bayeta-. En este sentido, las exequias regias materializaban un espacio de franca convivencia con la muerte, al tiempo que constituían todo un despliegue propagandístico de la figura y el poder del rey, tan alejado físicamente de los reinos americanos. A pesar de que los indígenas estaban dispensados de llevar luto, sí tenían el deber de colaborar en el arreglo del templo para la ceremonia luctuosa. También estaban exentos de llevar luto los cirujanos del ejército, porque se les obligaba a utilizar su uniforme reglamentario.

Como homenaje al Soberano o al pariente de la familia real fenecido, solía construirse un túmulo o catafalco alumbrado con multitud de velas y cirios de cera y cebo vacuno dispuestos ordenadamente en candelabros de plata repujada. El  túmulo era una construcción en madera, que a modo de féretro se ubicaba en el crucero de las iglesias frente al altar mayor, un espacio que ciertamente representa un lugar de conexión entre lo terrenal y lo sagrado, el más indicado para simbolizar el ascenso del difunto rey al espacio celeste-divino. La inexistencia de un cadáver material no era óbice para que en la ciudad de Cartago –al igual que en sus homólogas hispanoamericanas- se llevaran a cabo las fórmulas solemnes al interior del templo mayor, donde se simulaba un verdadero entierro. La liturgia central iba precedida por un cortejo fúnebre en el que el Venerable Estado Eclesiástico, el señor gobernador, las autoridades reales y los vecinos principales hacían demostración pública de su duelo, luciendo el luto y preparando la solemnidad del acto. El túmulo ubicado en el centro de la Santa Iglesia Parroquial ordenaba el espacio ocupado y la proximidad o distancia de los participantes respecto a este objeto daban cuenta de la calidad de los asistentes como también de la calidad de relación de éstos con el objeto que representaba el cuerpo ausente del rey difunto. Sin embargo, los vecinos de la colonial Cartago, por más que mostraran rostros compungidos acordes al acontecimiento y rindieran las condolencias al gobernador o funcionario a cargo, como si fuera el principal deudo, la figura real les resultaba distante, casi mística.

Antes del oficio religioso, los vecinos de la ciudad de Cartago se reunían en la Plaza Mayor o de Armas, en espera del desfile de las autoridades, el cual salía del Cabildo o Ayuntamiento, dándole vuelta a la plaza y entrando luego a la Iglesia del Apóstol Santiago. Las distintas órdenes religiosas de la capital colonial, junto con los funcionarios de la burocracia, la élite capitular y los vecinos notables, ocupaban el espacio ordenados jerárquicamente, manteniendo una especial comunicación con el fallecido simbólico. La única estructura colorida de la ceremonia de las exequias era el túmulo iluminado con los cirios y las velas.

 En un pormenorizado informe que enviara don Tomás de Acosta al Presidente de la Real Audiencia y Capitanía de Guatemala en 1801, el Gobernador de la Provincia de Costa Rica le indicaba  que nunca en lugar alguno se daba cumplimiento con más propiedad de las órdenes soberanas de las pompas del luto oficial, que en la provincia más meridional del "Reyno" y el Virreinato de la Nueva España. Aseguraba Acosta que la ciudad de Santiago de Cartago, a pesar de su precariedad y lejanía con el resto del mundo colonial, cumplía estrictamente con estos instructivos. Sin embargo, pese a la rigurosidad de la legislación, existieron quienes se atrevieron a retarla, como el Alcalde Primero de Villa Vieja (Heredia), quien en 1819, fue obligado a pagar una multa de cincuenta pesos por haber permitido una corrida de toros durante el luto por la muerte de la Reina.

Con todo, en la sociedad colonial, las exequias regias se consideraban un espectáculo solemne. No obstante, la pena y el dolor que los súbditos cartagineses “sentían” en sus almas y corazones no durarían por largo tiempo, pues, tal contingencia planteaba la seguridad de un nuevo advenimiento real: “¡El Rey ha muerto, viva el Rey!”.

Guillermo Brenes Tencio
                                                                                 
gmobrs@hotmail.com
 

Foto imagen : Ceremonia fúnebre en la Santa Iglesia Parroquial  de Cartago, dibujo coloreado,  Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR), Álbum de José María Figueroa (ca. 1850 – 1900).

 

  • email Email to a friend

Post your comment comment Comments (1 posted)

  • Posted by Eduardo Biolley Santamaría, 15 January, 2010
    Excelente nota histórica, muchas gracias por ilustrarnos con estos detalles tan puntuales y fáciles de recordar, creo que son de mucha importancia para comprender mucho mejor nuestra indentidad como costarricenses y en especial cartagos. Felicidades, sigan deleitándonos con estas hermosas remembranzas. image
Contacte a Mi Cartago info@micartago.com

More News

Contacte a Mi Cartago info@micartago.com