EXPLICACIÓN DE CADA DÍA DE LA SEMANA SANTA

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EXPLICACIÓN DE CADA DÍA DE LA SEMANA SANTA


Carlos Alberto Oreamuno Toledo


A continuación me permito presentar y transcribir un excelente trabajo preparado por el Pbro. Mario Montes M., quien se desempeña como sacerdote en la Arquidiócesis de San José y es un especialista en temas de la Sagrada Escritura y otros y con el fin de aprovechar tan valioso documento, es que he considerado oportuno compartirlo con todos ustedes, ya que es de mucho valor para todos los cristianos, el conocer a profundidad el significado de cada día de la Semana Santa.

Entre todas las semanas del año, la más importante para los cristianos/as es la Semana Santa, que ha sido santificada precisamente por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia y consagrada a Dios de manera muy especial. La Iglesia, al conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, se santifica y renueva a sí misma.  Durante la Semana Santa, la Iglesia sigue las huellas de su Maestro. Las narraciones de la pasión cobran nueva vida, como si los hechos se repitieran efectivamente ante nuestros ojos. Todos los acontecimientos que conducen al arresto, al proceso y a la crucifixión y muerte de Jesús, son recordados y celebrados. Paso a paso, escena por escena, seguimos el camino que Jesús “pisó” con sus pies, durante los últimos días de su vida mortal.

Ahora bien, para nosotros/as los costarricenses, como para otros cristianos y cristianas del mundo entero, decir “Semana Santa” es participar en las procesiones, ir a la iglesia a los oficios (los que van), irse de vacaciones para la playa, la montaña o “visitar a los familiares” que viven lejos, vacacionar en otro país lo que tienen medios para hacerlo, ver películas de la “pasión de Cristo” por la tele o en el cine (aquellos que no salen o no van a nada), comer ciertas comidas o viandas hechas en casa para la ocasión, no comer carne sino sardinas o pescado el Viernes Santo, y los más religiosos participar de la liturgia de la comunidad cristiana, en especial, lo que están más conscientes de lo que celebran…

Los demás, nada más conformarse con ver las procesiones, mejor si es “en vivo”, y pensar que todo termina el Viernes Santo, quedarse en la muerte del Señor y muy poco en su resurrección… De forma que se mezcla lo religioso, lo cultural, lo familiar, lo gastronómico, lo turístico, el pasarlo bien. Es decir, es una semana muy “variopinta” como la celebramos.  Aunque, reconocemos, las parroquias y sus sacerdotes junto con los laicos, se esmeran por prepararla de antemano desde la Cuaresma.

Un poco de historia de los días santos

La liturgia de la Semana Santa surgió de la devoción de los primeros cristianos en Jerusalén, donde Jesús sufrió su pasión y muerte. Desde los comienzos de la cristiandad, Jerusalén fue meta de peregrinaciones, y los peregrinos, entonces como ahora, gustaban de visitar los lugares de la Pasión: Getsemaní, el Pretorio, el Gólgota, el Santo Sepulcro. Entre los más interesantes documentos de los primeros tiempos, que han llegado hasta nosotros, destaca el “diario de viaje” de la peregrina española llamada Egeria. En él se contiene una descripción gráfica de la liturgia de Semana Santa, tal como se celebraba en Jerusalén alrededor del año 400 de nuestra era.

Tenemos mucho que aprender de la devoción de la Iglesia antigua, según nos la presentan los escritos que de ella se conservan. Es verdad que los cristianos de Jerusalén, tenían la ventaja de estar más cerca del Señor en el tiempo y en el espacio; pero no por eso nuestra devoción ha de ser menor. Después de todo, nosotros/as participamos en los misterios de Cristo, no mediante la imaginación o el sentimiento, aunque también éstos tienen su cometido, sino por la fe. En la liturgia de la Semana Santa, la Iglesia revive en la fe, el misterio salvador de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

El Domingo de Ramos

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran las dos momentos centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión  correspondiente a los Evangelios Sinópticos, es decir, de Mateo, Marcos y Lucas, en cada uno de los ciclos, A, B y C (la de Juan se lee el Viernes Santo). Desde el siglo V d. C, se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la Ciudad Santa, poco antes de ser crucificado. Debido a las dos dimensiones que tiene este día, se denomina "Domingo de Ramos" (dimensión victoriosa), o "Domingo de Pasión" (dimensión dolorosa).

Por esta razón, el Domingo de Ramos --pregón del misterio pascual-- comprende dos celebraciones: la procesión de ramos y la Eucaristía. Lo que importa en la primera parte no es el ramo bendito o las palmas, sino la celebración del triunfo de Jesús. De ser posible, debe comenzar el acto en una iglesia distinta de la parroquial, para dar lugar al simbolismo de la entrada en Jerusalén, representada por el templo principal. Si no hay iglesia secundaria, se hace una entrada solemne desde el fondo del templo. El rito comienza con la bendición de los ramos, que deben ser lo bastante grandes, como para que el acto resulte vistoso y el pueblo pueda percibirlo sin dificultad.
 
Después de la bendición y aspersión de los ramos, se proclama el Evangelio, es decir, se lee lo que a continuación se va a realizar. Este año se proclama el de san Lucas  19,28-40. Por ser creyentes, por estar convertidos y por haber sido iniciados sacramentalmente a la vida cristiana, pertenecemos de tal modo al Señor que, al celebrar litúrgicamente su entrada en Jerusalén, nos asociamos a su seguimiento. La Semana Santa empieza y acaba con la entrada triunfal de los redimidos en la Jerusalén celestial, recinto iluminado por la antorcha del Cordero (Ap 21,23).

A la procesión sigue inmediatamente la Eucaristía. Del aspecto glorioso de los Ramos pasamos al doloroso de la Pasión. Esta transición no se deduce sólo del modo histórico en que transcurrieron los hechos, sino porque el triunfo de Jesús en el Domingo de Ramos, es signo de su triunfo definitivo. Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor; va a morir, pero para resucitar. En resumen, el domingo de Ramos es inauguración de la Pascua, o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

Cuestiones prácticas para ese día


Como veremos, el celebrante va revestido de vestiduras litúrgicas de color rojo, que recuerdan la realeza de Cristo, conquistada con su sangre preciosa derramada en la cruz. La gente lleva sus ramos para esa procesión, que puede organizarse como una verdadera procesión solemne o una entrada sencilla, desde el fondo del templo hasta el altar. Se bendicen los ramos (gesto secundario con respecto a la procesión), se proclama el texto evangélico correspondiente de la entrada de Jesús a la ciudad santa, sigue la procesión hasta el templo donde culminará con la Eucaristía y en ella, la proclamación del texto de la Pasión del Señor, que este año del ciclo C de la liturgia, es de Lucas 22,7-14-23,56.

No es estrictamente necesario llevar un burro (o caballo) a esa procesión. Basta con que sea presidida por el sacerdote (ni mucho menos que él se monte en el animal). La liturgia no es teatro, sino celebración. Que la gente, cantando, aclame a Cristo, Señor del Triunfo, con sus ramos en la mano, que luego los conserve como signos de victoria, y enseñar, en la catequesis, que tienen sentido solamente para aclamar al Vencedor de la muerte, que no sirven para atajar rayos, tempestades o como amuletos de la buena suerte. No hay que bendecir palmas, después de la procesión o después de la misa, porque precisamente se “malacostumbra” al pueblo, que lo más importante es la palma bendita y no la procesión, con la consiguiente celebración eucarística. Recordemos que esta es la única procesión litúrgica de la Semana Santa, de forma que no se debe dar más importancia a las demás: la del Señor atado a la columna, la del “Encuentro” el Viernes Santo, la del “Silencio” o la del “Santo Sepulcro”… etc.

Lunes, Martes y Miércoles Santos

En estos tres días de la Semana Santa, los textos bíblico- litúrgicos nos presentan, por una parte, los llamados “Cánticos del Siervo del Señor” del profeta Isaías (Is  42,1-7; 49,1-6; 50,4-9), que nos presentan a un misterioso personaje, que sufre y muere por su pueblo, así como también los gestos de Jesús y sus últimas enseñanzas a los suyos, en especial, resaltando la unción y homenaje por parte de María y la traición de Judas (Jn 12,1-11; 13, 21-33.36-38; Mt 26,14-25). Textos que ponen de manifiesto, por una parte, el amor y de la deferencia de María que unge a Jesús como rey y lo prepara a la muerte y, por otra, la traición y negación de dos de los Doce Apóstoles: Judas Iscariote y Pedro.

Estos tres días pueden ser aprovechados por nosotros/as, para no solamente escuchar y meditar la Palabra de Dios proclamada y celebrada en la Eucaristía, sino también para la celebración del sacramento de la Reconciliación, como es costumbre en muchas de nuestras parroquias. Algunas procesiones o actos de devoción popular, como el Santo Viacrucis, pueden ser muy provechosos en estos días. Procesiones con la imagen de Jesús Nazareno, la del Silencio y demás, sería más conveniente para esos días, que no el Jueves o Viernes Santos, de forma que no hagan perder lo más importante del Santo Triduo Pascual que, por su naturaleza, merece ser celebrado con toda intensidad, sin que el pueblo se distraiga en otras celebraciones directamente no litúrgicas y que, más bien, deben llevar a la celebración litúrgica.

La Misa del Santo Crisma el Jueves Santo

La Misa Crismal es la única del año litúrgico que celebra de modo particular, toda la sacramentalidad de la Iglesia, es decir, todos los signos sacramentales, a través de los cuales se actualiza la salvación, que brota del Misterio Pascual de Cristo. De forma que no es una “misa exclusiva para sacerdotes” o de algún grupo privilegiado, sino que es una celebración diocesana y la única concelebración de los sacerdotes con su obispo, prevista por el Misal, a la largo del Año Litúrgico, en la cual ellos renuevan sus promesas sacerdotales. Los signos de esta Eucaristía son los óleos que se bendicen (el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos), así también como el Santo Crisma, que es consagrado, de allí su nombre “Misa Crismal”. En ella, los cristianos/as somos llamados a descubrir la belleza y el valor del Bautismo, la Confirmación y el Orden, así también la preocupación y atención de la Iglesia por sus hijos enfermos, siguiendo el ejemplo de Cristo Sacerdote. Es decir, que esta misa es la celebración del sacerdocio del Pueblo de Dios, que es participado todos /as por el Bautismo y el sacramento del Orden de sus ministros. Vale la pena que todos/as participemos en ella, en especial, los que se preparan al Bautismo y la Confirmación, los enfermos según sus posibilidades, los responsables de los catecúmenos adultos, los catequistas de los sacramentos de iniciación y los encargados de la pastoral de enfermos.

Es una Eucaristía que, por su significado, debería ser preparada y celebrada con todo su valor, escogiendo el mejor día de la Semana Santa; no es estrictamente necesario que sea el Jueves Santo, ya que puede ser otro día antes del Santo Triduo Pascual. Debería disponer a la asamblea diocesana a celebrar la Pascua, que comienza por la tarde con la celebración de la Misa de la Cena del Señor, al término del tiempo cuaresmal. Los textos bíblicos (por cierto muy bellos), para esta celebración, son: Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88,21-27; Apoc 1,4b-8; Lc 4,16-21, que ponen de manifiesto la unción mesiánica del Mesías, en especial, al Ungido que es Cristo, consagrado por el Espíritu, que comienza su ministerio en la sinagoga de Nazareth.

El Santísimo Triduo Pascual (Viernes y Sábados Santos, Domingo de Resurrección)
Estos días, que algunos/as aprovechan para descansar, son el centro o el culmen de nuestra Semana Santa, aquello para lo que nos preparamos en la Cuaresma... El Triduo Pascual se refiere a las celebraciones que se inician el Jueves Santo por la tarde, con la Cena del Señor y culmina con la Vigilia Pascual del Sábado Santo cuando aclamamos al Resucitado. La Iglesia enseña que “todos los años en el "sacratísimo triduo del Crucificado, del sepultado y del Resucitado" o Triduo pascual, que se celebra desde la Misa vespertina del Jueves en la cena del Señor hasta las Vísperas del Domingo de Resurrección, la Iglesia celebra, "en íntima comunión con Cristo su Esposo", los grandes misterios de la redención humana (Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones, n° 140). De forma que estos tres días hacen presente y actualizan en la Iglesia, los misterios de la pascua del Señor, es decir, su Paso (Pascua) de este mundo al Padre, por medio de los signos sacramentales.

Termina el Tiempo de Cuaresma por la tarde del Jueves Santo e inicia el Santo Triduo Pascual, con la llamada “Misa de la Cena del Señor”, en la cual se recuerdan tres grandes misterios: la institución de la Eucaristía, del Orden Sacerdotal y el mandamiento del amor o de la caridad fraterna. A esta celebración tan sentida, se le agregan ritos especiales: el lavatorio de los pies o “mandatum” y el traslado del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva. En esta Eucaristía vespertina, pórtico del Triduo Pascual, participa toda la comunidad, en la medida de lo posible, por eso ha de ser una única misa, salvo casos especiales… Una sola misa para toda la comunidad.

El gesto del lavatorio de los pies, nos recuerda el acto de entrega y de amor de Cristo, que consiste en dar su vida por la salvación del mundo. Explicita el sentido profundo de la vida de Jesús: una vida de servicio, en especial, de su muerte como expresión de su entrega suprema por nosotros y como modelo y ejemplo de servicio  al prójimo (Jn 13,1-5). Por otra parte, las lecturas bíblicas de este día, subrayan la conexión de esta misa de la Cena del Señor con la Pascua de Israel, fiesta que fue anticipo de la auténtica Pascua de Cristo (Éx 12,1-8.11-14), así también recordando el momento de la institución de la cena pascual cristiana como verdadero sacramento (1 Cor 11,23-26), no sólo como la última cena del Señor, sino también como sacrificio y banquete pascual para la iglesia.

Al terminar la celebración de esta misa, se hace el traslado del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva (evítese hablar del “monumento”). Tiene como finalidad la adoración del Santísimo Sacramento del Altar y, a la vez, facilitar de la comunión del pueblo  o de los enfermos el siguiente día, Viernes Santo. Al respecto, el Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones, 141, enseña lo siguiente:

“La piedad popular es especialmente sensible a la adoración del santísimo Sacramento, que sigue a la celebración de la Misa en la Cena del Señor. A causa de un proceso histórico, que todavía no está del todo claro en algunas de sus fases, el lugar de la reserva se ha considerado como "santo sepulcro"; los fieles acudían para venerar a Jesús que después del descendimiento de la cruz fue sepultado en la tumba, donde permaneció unas cuarenta horas.

Es preciso iluminar a los fieles sobre el sentido de la reserva: realizada con austera solemnidad y ordenada esencialmente a la conservación del Cuerpo del Señor, para la comunión de los fieles en la Celebración litúrgica del Viernes Santo y para el Viático de los enfermos, es una invitación a la adoración, silenciosa y prolongada, del Sacramento admirable, instituido en este día. Por lo tanto, para el lugar de la reserva hay que evitar el término "sepulcro" ("monumento"), y en su disposición no se le debe dar la forma de una sepultura; el sagrario no puede tener la forma de un sepulcro o urna funeraria: el Sacramento hay que conservarlo en un sagrario cerrado, sin hacer la exposición con la custodia”.

Por eso,  el lugar de la reserva puede ser el mismo sagrario (o lugar de la capilla del Santísimo), donde se guarda y conserva la Eucaristía, que sea sobriamente adornado para ese día, sin caer en excesos ni “barroquismos”, ante el cual la comunidad entera se congrega para adorar y reconocer la presencia del Señor en este sacramento. Puede hacerse una Hora Santa. Después de la medianoche del Jueves Santo, la adoración se realiza sin solemnidad, pues ya ha comenzado el día de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.

También, en lo posible, no se programe ninguna procesión ni cosa parecida esa noche, ni teatro bíblico ni cosas que hagan perder esta conciencia de la comunidad, de estar en presencia orante ante Jesús Sacramentado. Como decíamos, las procesiones (como la del Silencio u otras), se pueden programar los días anteriores al Jueves Santo. De forma que nadie debe estar caminando en las calles o por allí con imágenes y soldados romanos, estando Cristo Vivo y Sacramentado en el lugar de la reserva, para ser objeto de nuestro amor y agradecimiento sinceros, por su entrega por nosotros hasta el extremo (Jn 13,1).

Viernes Santo de la Pasión del Señor (Primer día del Triduo Pascual)

“…El Viernes Santo la Iglesia celebra la Muerte salvadora de Cristo. En el acto litúrgico de la tarde, medita en la Pasión de su Señor, intercede por la salvación del mundo, adora la Cruz y conmemora su propio nacimiento del costado abierto del Salvador (cf. Jn 19,34)…” (Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones, 142). En efecto, es un día en que los cristianos/as celebramos la pasión y muerte de Cristo, pero no como una derrota, sino como un día de triunfo. De allí la necesidad de descubrir la intensidad y belleza de este día, no como un día de luto, dolor o simple penitencia, sino como pasión victoriosa y muerte gloriosa del Señor (Jn 12,17). Es el día del tránsito o éxodo de Jesús al Padre (pascua o paso de la muerte a la vida), que es también la nuestra.

Es un día de austeridad, de contemplación serena de la cruz del Señor, que es exaltado en ella (Jn 18,37), y que reina desde ella como Rey y Señor y que, con su muerte, da comienzo a nuestra pascua. No es por casualidad que la Iglesia este día prescribe en la liturgia el color rojo (no el negro), como en el domingo de Ramos o Pentecostés, que nos hace evocar el testimonio supremo de Cristo, con su sangre (ver Ap 1,5; 19,11-16), y que nos recuerda, que ese día ha luchado contra el pecado, la muerte y todos los males de la historia para vencerlos. Es el día de la batalla de Harmagedón, día en que Jesucristo es el auténtico Triunfador (ver Ap 16,13-16; 19,17-21).

El color es rojo, color de mártires, no el morado (la Cuaresma terminó el Jueves Santo), recordando pedagógicamente que no estamos en unas exequias o funeral, ni guardando luto. Cristo Jesús, como Sumo Sacerdote en nombre de toda la humanidad, se ha entregado voluntariamente a la Muerte -el primer mártir- para salvar a todos/as. Estamos ya en el Triduo Pascual, y pasaremos del rojo del Viernes Santo al blanco de la Vigilia.

Por eso, en la celebración o en los actos  procesionales o de piedad,  ha de evitarse todo aquello que huela a tristeza, muerte y luto (ya tenemos bastante de ello en la vida), para hablar del Señor que, desde la cruz, heroicamente y con un amor entregado hasta la muerte, se ha entregado hasta el extremo por nosotros. Que el tono de nuestra celebración sea una profunda esperanza y no una derrota, descrita con elementos trágicos o dramáticos.

Por la mañana de ese día

En nuestras parroquias, esa mañana se hace la Procesión del Encuentro de Jesús con María en el camino de la cruz. De él nada dicen los Evangelios, salvo que María estuvo al pie de la cruz (Jn 19,25-27). Por eso, lo mejor es realizar el viacrucis tradicional que, teniendo en cuenta esta estación, medite además el camino del Señor en todas sus estaciones. Para ello, existen varios modelos muy bellos y expresivos, como el Viacrucis del Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, del Viernes Santo del año 1991.

Haciéndolo así y ubicando a los personajes de la pasión (las mujeres y el Cirineo), en la estación correspondiente, pueden favorecer la meditación, la reflexión y la preparación del Pueblo de Dios, a celebrar por la tarde, el principal oficio del Viernes Santo, que es el de la Pasión del Señor. No olvidemos que  se trata de que la comunidad medite, no tanto que asista como espectadora, ni mucho menos tenga que quedarse en lo teatral, sino que sean verdaderos momentos de evangelización, de meditación y de encuentro con la Palabra de Dios, que pueda ser proclamada eventualmente, en esos actos piadosos.

La celebración de la tarde

Por la tarde, en una hora pastoralmente adaptada, entre las tres y las cinco de la tarde, es un rito austero y solemne, se celebra la Pasión y Muerte del Señor, en tres momentos diferentes: la liturgia de la Palabra, la adoración de la cruz y la comunión eucarística. Recordemos que, en ese día no se celebra ningún sacramento, no hay Eucaristía, ni celebración penitencial ni unción de los enfermos, solamente puede celebrarse los ritos prescritos. Los funerales se podrían celebrar, pero sin canto, sin campanas ni melodía del órgano y, por supuesto, sin misa. Es día de ayuno y abstinencia obligatorios (de ello hablaremos más adelante).

Comienza la celebración de la Pasión con la entrada en silencio de los ministros, su postración, signo del anonadamiento de Jesús, mientras que la comunidad está de rodillas. Luego, la liturgia de la Palabra, donde se proclama el Cuarto Cántico del Siervo del Señor del profeta Isaías (Is 52,13-53,12), el texto de Hebreos 4,14-16; 5,7-9,donde se presenta a Cristo único y sumo sacerdote, que se ofrece por nosotros/as y el texto del Evangelio de San Juan (Jn 18,1-19,42), donde se presenta a Jesús, exaltado desde la cruz como Rey y Señor, un texto que, sin detenerse en consideraciones trágicas o doloristas de los acontecimientos de la pasión, nos invita a la contemplación de Aquel que es el Cordero de Dios, el Pastor que entrega su vida por las ovejas y que domina los acontecimientos y entrega su vida, sin que nadie se la quite o se la arrebate.

Luego, la oración de los fieles, para dar paso a la adoración de la Santa Cruz, según las formas estipuladas en el Misal Romano. No la adoramos por sí misma como objeto sino como signo, ni mucho menos como instrumento de muerte, sino que en ella adoramos a Aquel que nos ha redimido. La adoración del leño santo de la cruz tiene relación con la Eucaristía del Jueves Santo, sacramento del cuerpo y sangre de Cristo. La cruz es todo un estandarte que nos recuerda a Cristo Vencedor de la muerte y como anticipo de su Resurrección, pues la otra cara de ella es su Pascua y su triunfo.

Para terminar la celebración sobria del Viernes Santo, se distribuye la comunión al pueblo de Dios, de la Eucaristía que estaba reservada desde la víspera en el lugar de la reserva, pues sabemos, este día no se celebra la Eucaristía. Comulgamos para unirnos a la Pasión de Cristo y para participar de su muerte pascual, para tener Vida abundante.

La “Procesión del Santo Sepulcro”

Después de la celebración de la Pasión del Señor, en muchas de nuestras parroquias se hace la “procesión del Santo Sepulcro”, incluso acompañada por el “Duelo de la Patria”, tan conocido por nosotros/as. La Iglesia enseña en el Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones, n° 142-143,  al respecto, lo siguiente:

“… Entre las manifestaciones de piedad popular del Viernes Santo, además del Vía Crucis, destaca la procesión del "Cristo muerto". Esta destaca, según las formas expresivas de la piedad popular, el pequeño grupo de amigos y discípulos que, después de haber bajado de la Cruz el Cuerpo de Jesús, lo llevaron al lugar en el cual había una "tumba excavada en la roca, en la cual todavía no se había dado sepultura a nadie" (Lc 23,53).  La procesión del "Cristo muerto" se desarrolla, por lo general, en un clima de austeridad, de silencio y de oración, con la participación de numerosos fieles, que perciben no pocos sentidos del misterio de la sepultura de Jesús.
Sin embargo, es necesario que estas manifestaciones de la piedad popular nunca aparezcan ante los fieles, ni por la hora ni por el modo de convocatoria, como sucedáneo de las celebraciones litúrgicas del Viernes Santo. Por lo tanto, al planificar pastoralmente el Viernes Santo, se deberá conceder el primer lugar y el máximo relieve a la celebración litúrgica, y se deberá explicar a los fieles que ningún ejercicio de piedad debe sustituir a esta celebración, en su valor objetivo.  Finalmente, hay que evitar introducir la procesión de "Cristo muerto" en el ámbito de la solemne celebración litúrgica del Viernes Santo, porque esto constituiría una mezcla híbrida de celebraciones... “

De allí que el Viernes Santo es uno de los días del año en que más hay que esforzarse por buscar un equilibrio, entre la liturgia y las devociones de religiosidad popular, conjugando su horario y también su lenguaje. Entre estos ejercicios de piedad popular están: el Santo Viacrucis, el Sermón de las Siete Palabras del Señor Jesús en la cruz; las procesiones del Viernes Santo con las imágenes de Cristo y de su Madre que representan las diversas escenas y momentos de la Pasión y el recuerdo de los dolores de la Santísima Virgen María, entre otros.

El Sábado Santo (Segundo día del Triduo Pascual)

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece en silencio y oración junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su “descenso a los infiernos” y esperando en la oración y el ayuno su Resurrección. Al decir, “los infiernos”, significa el lugar de los muertos, pero no el lugar del castigo de los condenados (Gén 37,35-35; 1 Sam 2,6). Es una manera de decir que Cristo murió realmente, que fue sepultado, que se hizo solidario con los seres humanos mortales, que bajó al lugar de los muertos, es decir, conoció la oscuridad y la desolación, la soledad más radical que es la muerte, que fue separado del mundo de los vivos, pero que su salvación alcanza a todos los seres humanos, incluso a los muertos, para luego resucitar en gloria (ver Mt 27,52-53; 1 Ped 3,19).
En ese día se puede hacer en la comunidad, la celebración de la Liturgia de las Horas y alguna conmemoración, que no procesión, a la Virgen María de los Dolores o de la Soledad, recordando no solamente el dolor y la soledad de la Madre del Señor, sino en especial, su fe firme y su esperanza en la resurrección de su Hijo. El mismo recuerdo de su Madre Dolorosa, firme en su fe, es una forma de animarnos a celebrar los gozos de la Pascua, porque el dolor de la Pasión va cediendo a la alegría de la Resurrección. Un día que, aparte de todo, no tiene ninguna otra celebración.

Solemnísima Vigilia Pascual

La noche santa de la resurrección del Señor, es tenida como la "madre de todas las Vigilias, en ella la Iglesia espera velando la Resurrección de Cristo" (CR 21). Desde los primeros siglos de la Iglesia, la Vigilia Pascual ha sido la celebración litúrgica más festiva y más solemne. Todo el itinerario pascual de la cuaresma culmina en esta gran Vigilia, en la que el acontecimiento pascual que celebramos, es la Buena Noticia de la resurrección de Jesús. Como indica san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que la resurrección del Señor se celebraba "el primer día de la semana" (es decir, el domingo); se iniciaba al anochecer entre "abundantes lámparas" y terminaba al amanecer con la "fracción del pan" o Eucaristía (ver Hech 20,7-11). Esta celebración dio origen a la actual Vigilia Pascual.

Para celebrarla, la liturgia nos ofrece una gran riqueza de medios: lectura rica y abundante de la Palabra de Dios; renovación de los compromisos bautismales; participación en el banquete pascual de la mesa del Señor resucitado. Por nada del mundo nos la podemos perder, porque las celebraciones de estos días, empezando desde la Cuaresma, nos han encaminado hacia esta noche de vela en honor del Señor, la fiesta de las fiestas, la madre de todas las vigilias y la celebración litúrgica más importante de todo el año litúrgico.
Esta solemne, festiva y bellísima celebración, está estructura así:

a. La fiesta de la luz o Lucernario

La celebración se abre con una fiesta de la luz. Evocando el relato de la creación, se bendice el fuego, con el cual se prende el Cirio Pascual. Desde este momento, el Cirio encendido se convierte en signo de Jesús Resucitado, "principio y fin, Alfa y Omega”, que como exclama la Iglesia: “suyo es el tiempo y la eternidad, a él la gloria por los siglos". "La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu". El primer signo de comunión con Jesús Resucitado, se realiza al prender nuestra vela en el Cirio Pascual. Cada discípulo se convierte en esta noche en "luz de Cristo", para iluminar el mundo.
Luego en procesión, en medio de la oscuridad de la noche, que simboliza las tinieblas que no pudieron vencer a Cristo, la comunidad acompañada del Cirio Pascual, signo de Cristo, entra en procesión al templo y escucha el canto del “Pregón Pascual” o “Exultet”, que es un himno en el cual la Iglesia pregona una acción de gracias al Padre, por toda la Historia de la Salvación, que encuentra su culmen en la Resurrección de Cristo.

b. La fiesta de la Palabra o Liturgia de la Palabra

El segundo signo de comunión con Jesús Resucitado es la Palabra de Dios, asumida desde la fe. Ésta es la fiesta de la Palabra. El amor de Dios a la humanidad se revela en sus obras. La primera, nos la describe el Génesis en su maravilloso poema de la creación. Luego Dios, que se hizo amigo y compañero de la humanidad en su peregrinar por el tiempo, se revela como liberador en diversos momentos, especialmente en la "pascua", sacando al pueblo hebreo de la esclavitud. Las lecturas bíblicas del Antiguo Testamento, ofrecen una visión muy completa de la historia de la salvación, que tiene su vértice en la Pascua de Resurrección (con la lectura del Nuevo Testamento y el Evangelio de la Resurrección).

Una vez terminadas estas lecturas, se encienden los cirios del altar, se ilumina al máximo el templo, se entona el himno del Gloria y se sigue con la oración colecta de la Misa. Evítese, en lo posible, en ese momento, hacer entrar una imagen de Cristo Resucitado acompañado de cimarrona, pues el signo del Resucitado es el Cirio Pascual esa noche. La imagen de Jesús Resucitado es mejor sacarla en procesión por aparte, el domingo de Resurrección.

c. La fiesta del agua o Liturgia del Bautismo

Desde el relato de la creación, el agua está asociada con la vida. En el Evangelio de Juan, Jesús se nos revela "como manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna" (ver Jn 4,14). En este mismo Evangelio se nos dice, que la “nueva vida” nace del "agua y del Espíritu (Jn 3,5). La Vigilia Pascual ha sido desde antiguo (Nuevo Testamento) una fiesta bautismal o una fiesta del agua. En su catequesis bautismal a los fieles de Roma, san Pablo ha revelado el sentido profundamente pascual del bautismo (Rom 6,1-11). El bautizado, es sepultado con Cristo al descender a la fuente bautismal, y resucita con Él al salir del agua. El signo viviente de Cristo Resucitado es el mismo bautizado.

Por eso, esa noche es la noche bautismal por excelencia y en la cual la Iglesia celebra los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, especialmente en el caso de los adultos que terminan su proceso iniciático o catequético para estos sacramentos. De forma que podemos seguir con emoción e intensidad los ritos de esta fiesta: las letanías de los santos, la bendición del agua bautismal o común, la celebración o administración del Bautismo y eventual Confirmación, junto a la renovación de nuestro propio bautismo y la aspersión de la asamblea, que celebra su propia resurrección con el Señor.

d. La fiesta del Pan de vida o liturgia eucarística.

Jesús nos mandó hacer memoria de su muerte y resurrección celebrando un banquete festivo. Cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesús muerto y resucitado se hace sacramentalmente presente en los signos del pan y del vino. Comiendo de este pan y bebiendo de esta copa, entramos en comunión, con el Jesús que murió y resucitó.

Tras el ayuno de Eucaristía que significan el Viernes y Sábado Santos y sin misa al comienzo de esta noche, se realiza lo que dice Pablo a los fieles de Corinto: "La copa que bendecimos es comunión con la sangre de Cristo. El pan que partimos es comunión con el cuerpo de Cristo" (ver 1 Cor 10,16). Este Cristo es el Señor Resucitado. Sólo quien realiza en esta noche la comunión con Jesús, que es Luz del mundo, Palabra de vida, manantial de vida eterna en la fuente bautismal y Pan de vida en la Eucaristía, ha celebrado en plenitud la fiesta pascual con Jesús Resucitado; ella es signo y prenda del banquete eterno, así como cumbre de la Vigilia Pascual.

Todo ello en un ambiente intenso de alegría, favoreciendo la participación activa de los fieles, incluso se recomienda la comunión bajo las dos especies de pan y de vino, junto con el canto, la música, las vestiduras litúrgicas muy festivas, luces, etc…, le dé a entender al pueblo que celebramos a un Viviente, que venció definitivamente a la muerte, al pecado y a todos los males de la historia. Y que celebrando esta Vigilia, se manifiesta el auténtico significado de cada misa dominical que, semana tras semana, hace memoria de este acontecimiento y renueva su esperanza en el domingo sin ocaso, del Día del Señor, su Día Glorioso.

Domingo de Resurrección (Tercer día del Triduo Pascual)

Este domingo de Pascua es el fruto de la Vigilia Pascual y se convierte, por lo tanto, en el origen de todos los domingos. En él los cristianos/as celebramos con gozo y con gran solemnidad la resurrección del Señor. Se celebra con una Misa solemne en la cual se enciende el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo Resucitado, luz del mundo. Además, se recomienda sustituir el acto penitencial, por el rito de la aspersión con el agua bautismal, bendecida al efecto la víspera en la Vigilia y renovar así nuestra condición de bautizados en Cristo.
Los textos de la liturgia de la Palabra, son un reiterado anuncio de la resurrección del Señor, que encuentran eco abundante con el canto del Aleluya, la “Secuencia de Pascua” y el Salmo Responsorial, hasta la misma despedida del celebrante: “¡Podéis ir en paz, aleluya, aleluya. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya!” (Hech 10,34ª.37-43; Sal 118; Col 3,-1-4; Jn 20,1-9 o Lc 24,13-35).

En algunos lugares, muy de mañana, se lleva a cabo una procesión que se llama "del Encuentro", similar a la del Viernes Santo. En ésta, un grupo de personas llevan la imagen de la Virgen María y se encuentran con otro grupo de personas que llevan la imagen de Jesús Resucitado, como símbolo de la alegría de ver plenamente vivo al Señor. Por la tarde, también se acostumbra realizar una procesión solemne con Jesús Sacramentado, como un signo vivo de su presencia resucitada. Hay que procurar darle el sentido pascual a esta procesión, sin convertirla en una procesión del “Corpus Christi”, que tiene su propia celebración en el Año Litúrgico.

Este día reviste una especial solemnidad y alegría, además que da comienzo al Tiempo más importante de la Iglesia, la Cincuentena Pascual que culmina en Pentecostés, así también la Semana de la Octava de Pascua, ocho días después, que deben ser celebrados como un solo domingo y dígase lo mismo acerca del Tiempo Pascual. Toda la Iglesia se siente renovada, cambiada y transformada, pues ha pasado la pascua, la ha vivido, saboreado y celebrado. La humanidad renace a la esperanza, al triunfo de Cristo sobre las fuerzas del mal y de la muerte. Todos y todas en este día estamos llenos de gozo y gustamos la alegría de la Pascua:

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!

 

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