160 ANIVERSARIO DE LA ERECCIÓN DE LA PRIMERA DIÓCESIS EN COSTA RICA

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160 ANIVERSARIO DE LA ERECCIÓN DE LA PRIMERA DIOCESIS EN COSTA RICA

Carlos Alberto Oreamuno Toledo


Me voy a permitir compartir con ustedes estimados lectores de Mi Cartago.Com, el excelente trabajo realizado por el Pbro. Fernando Alberto Vílchez Campos, Historiador Eclesiástico y quien se desempeña además como formador en el Seminario Central Nuestra Señora de los Ángeles, titulado: “160 ANIVERSARIO DE LA ERECCION  DE LA DIÓCESIS DE SAN JOSÉ: UNA BREVE MIRADA HISTÓRICA“, ya que en el se describe todo el proceso que se vivió desde el tiempo de la colonia hasta 1850, para llegar a tener en nuestra patria la primera diócesis.


Introducción


1. El 28 de febrero de 1850, hace exactamente ciento sesenta años, se erigió la Diócesis de San José de Costa Rica, abarcando todo el territorio nacional. Este dato simple y frío, quizá no refleja la trascendencia del acontecimiento que significó la realización de un anhelo manifestado casi trescientos años atrás, y expresado con más fuerza durante prácticamente toda la primera parte del siglo XIX.

2. Mirar históricamente la creación de dicha Diócesis, implica por tanto, recordar el largo camino de intentos, que aunque infructuosos ciertamente, reflejan el interés que nuestras autoridades civiles y eclesiásticas, y en general, todo el pueblo de Costa Rica, manifestaron, ya desde el alborear de la colonia, por dotar a nuestro territorio de un Pastor propio, con todo el significado que ello tiene.

I. Proyecto de erección de la Diócesis en los siglos XVI y XIX.

1. La conquista española del territorio que hoy es Costa Rica –haciendo la excepción de la zona de Nicoya– inicia de manera sumamente tardía en relación al resto de Centroamérica y, más aún, de toda América Latina, pues comienza propiamente ya entrado el año 1560. Antes de 1560, en el territorio de Costa Rica, se dan sólo intentos aislados de exploración y no podemos hablar aún de colonización y, por tanto, tampoco de proceso de cristianización. Y es justamente en ese momento inicial de la presencia española en nuestro territorio, que comienzan también los intentos por obtener una Diócesis propia.

Efectivamente, el 21 de noviembre de 1560, se solicita desde el Castillo de Austria, apenas recién fundado en la zona de las Bocas del Toro, en la actual Panamá, la erección del obispado para nuestra Provincia; proponiéndose para Obispo al P. Juan de Estrada Rávago, quien para entonces estaba al frente de la empresa, y quien luego será el primer Vicario General de la Provincia. Pero, por lo escaso de la población y por la premura con que se realiza la solicitud, la misma no fue aceptada.

Esa fue la constante durante toda la segunda mitad del siglo XVI, en la que al menos en once ocasiones se solicitó a la Corona española, en razón del Patronato vigente, que pidiera a la Santa Sede la erección de un obispado en Costa Rica, y en dos ocasiones se solicitó que al menos se erigiera una abadía; pero dadas las condiciones de pobreza de nuestra Provincia, y por tratarse de una época ya tardía de la colonización española, no se accedió a ninguna de dichas solicitudes.

2. Es significativo cómo, el 25 de enero de 1596, el Cabildo civil de Cartago, expresaba al rey Felipe II (1554-1556-1598), en tono casi de angustia, la situación eclesiástica de nuestra Provincia:

"Esta provincia de Costarrica ha treinta y tantos años que en nombre de vuestra magestad se entró a poblar y conquistar: en todo este tiempo nunca ha venido obispo; tiénelo vuestra Magestad dado por cercanía a el de Nicaragua; los más que a el presente viven son criados y nacidos en ella, porque de los que la conquistaron hay pocos, y éstos aquí nacidos están por confirmar y lo estarán hasta que vuestra Magestad en su mucha cristiandad lo remedie. No es tierra que  sufre [tiene] obispo por ser pobre y por lo propio el de Nicaragua no vendrá a ella".

3. Efectivamente, el 26 de febrero de 1531, se erigió la Diócesis de León en Nicaragua, por parte del papa Clemente VII (1523-1534); para la cual, el 3 de noviembre de 1534, el papa Pablo III (1534-1549), emite la bula "Aequum reputamus", por la que, confirma la erección de la Diócesis de León de Nicaragua, pero sin incluir en ella el territorio de Costa Rica.

Será hasta el 6 de julio de 1565, en que la Corona española, siempre en virtud del Patronato concedido por la Santa Sede, determinó que nuestra Provincia perteneciera eclesiásticamente a la de León, llamada desde entonces de Nicaragua y Costa Rica, y, el 27 de setiembre del mismo año 1565, decide nombrar un Vicario General propio para nuestro territorio, situación que se mantendrá vigente hasta el año 1850.

4. Desde el año 1608, en que se realizó la primera visita episcopal, hasta el año 1815 en que se tiene lugar la última, Costa Rica recibió la visita de once de sus obispos de León. Es decir, que en el período que va de 1565 hasta 1850, en que estuvo vigente la Diócesis de Nicaragua y Costa Rica, sólo once de sus obispos visitaron esta parte de su Diócesis. Por eso se entiende, que en el siglo XIX, se retome de nuevo con fuerza, la idea de que Costa Rica tenga su Obispo propio.

5. Ya el Gobernador y el Cabildo civil de Cartago -entonces capital de la Provincia-, expresaron al Rey la necesidad de que se erigiera una Diócesis en Costa Rica, por una solicitud del 29 de mayo de 1811.
Esta petición fue discutida en las Cortes de Cádiz (1808-1813), en la sesión del 31 de mayo de 1813, bajo la presidencia del Pbro. don Florencio del Castillo (1778-1834), diputado por Costa Rica, quien adujo: la extensión del territorio de Costa Rica, su población y la larga distancia que media de su capital a la de León de Nicaragua, no dejan la menor duda de que debe erigirse un obispado en dicha Provincia, para que aquella grey pueda ser gobernada y apacentada en lo espiritual como corresponde .

La petición del Cabildo civil de Cartago, fue aprobada por la Asamblea de Cádiz; pero como, en mayo de 1814, las Cortes fueron disueltas y declarados nulos todos sus actos por el rey Fernando VII (1808/1813-1833), el asunto de nuevo quedó en nada.

6. Entre tanto, los vecinos de Cartago, el 23 de octubre de 1820, reiteraron sus peticiones por medio de sus representantes. El Gobernador Juan Manuel de Cañas y el Ayuntamiento de dicha ciudad se adhirieron a estas nuevas instancias y, en 1821, encargaron al diputado en las Cortes de Madrid, don Juan Nepomuceno de San Juan, Canónigo de Palencia, que trabajara especialmente por la erección del obispado y de un Colegio Seminario en Costa Rica. Como vemos es más que evidente el anhelo costarricense manifestado durante el siglo XIX en relación a la erección de la Diócesis propia.

7. Tan grande fue el anhelo, que aquí en Costa Rica se llegó al particular extremo de que la Asamblea Constitucional, es decir, el gobierno civil, erigiera por sí mismo el obispado, obviamente sin tener potestad para hacerlo.

Efectivamente, una vez consumada la Independencia centroamericana, el Gobierno federal de Guatemala, en el año de 1824, se ocupó seriamente de la erección de los obispados de El Salvador y de Costa Rica; consta que se iniciaron todos los trámites al respecto para elevar la solicitad a la Santa Sede; incluso se pidió un informe al mismo Gobierno de Guatemala y al entonces obispo de Nicaragua y Costa Rica, Nicolás García Jerez (1810-1825), quien lo envió el 8 de julio de 1824, manifestando la aprobación para que se diera la erección del obispado de Costa Rica, aunque manifestando su preocupación por la insuficiencia de los diezmos que pudieran sostenerlo.

Pero, la noticia de la muerte del obispo García Jerez en 1825, hizo que los acontecimientos se precipitaran, pues en Costa Rica no se veía bien el ser gobernados en lo eclesiástico por un Vicario Capitular de Nicaragua, después de que se había obtenido la Independencia política.

Es por ello que, el 6 de setiembre de 1825, el diputado don Joaquín de Iglesias, presentó ante la Asamblea Constitucional de Costa Rica una moción para que "se haga la división y erección de la nueva diócesis en este Estado", la cual se aprobó el 29 de setiembre de 1825; emitiéndose el decreto de la erección de la Diócesis y confiriendo al mercedario, residente en Guatemala, Fray Luis García, el título de obispo.

Está claro que, la Asamblea ejerció facultades eclesiásticas que no tenía, arrogándose el derecho de Patronato que previamente tenía la corona española. Valga decir, que sólo en Costa Rica y en El Salvador, se dieron actos de esta naturaleza después de la Independencia en toda América Latina y que, sólo porque Fray Luis García no aceptó el obispado que le fue ofrecido, podemos decir que se evitó un cisma en la Costa Rica de aquel momento.

8. Luego de estos sucesos de 1825, con la erección civil de la Diócesis y con la noticia de la presencia de un Nuncio Apostólico en Bogotá, la Asamblea y el Consejo de Costa Rica decretaron, el 22 de diciembre de 1837, la revocatoria de lo actuado en dicha erección civil de 1825 y la autorización al Ejecutivo para que nombrara un Delegado, con el fin de ser enviado ante dicho Nuncio para gestionar la creación de nuestra Diócesis, previa aceptación por parte del Cabildo de León y del Metropolitano de Guatemala, sin que se haya llegado entonces a obtener nada .

9. En un nuevo contexto, durante el segundo mandato de don Braulio Carrillo (1835-1837, 1838-1842), en el que el 14 de noviembre de 1838 se declaró a Costa Rica como Estado libre e independiente, es comprensible que se reavive el deseo de alcanzar también la autonomía en lo eclesiástico.

Es por ello que, en medio de un clima de gran nacionalismo, el 20 de abril de 1841, don Braulio Carrillo (1835-1837, 1838-1842) toma la iniciativa, activando las gestiones para alcanzar la erección del obispado de Costa Rica, por parte del papa Gregorio XVI (1831-1846). Don Braulio Carrillo hasta preparó la terna para los posibles candidatos a Obispo, pero por el momento, de nuevo, no se obtuvo el resultado esperado.

10. Igualmente los gobiernos posteriores de don José María Alfaro Zamora (1842-1844) y de don José María Castro Madriz (1847-1849; 1866-1869), siguieron impulsando las gestiones en Roma, para alcanza la erección de nuestra Diócesis.

11. En estos esfuerzos participó activamente el clero de Costa Rica; así por ejemplo, el 10 de octubre de 1848, el clero costarricense, presidido por el Vicario General, el P. Rafael del Carmen Calvo, envió al Presidente José María Castro Madriz (1847-1849,1866-1868), una carta desde Cartago, en la que le solicitan interponga sus buenos oficios para obtener la erección del obispado de Costa Rica.

Expresan en dicha carta que la "necesidad de un Pastor en Costa Rica se hace sentir cada día más y más" por el aumento de la población y la distancia tan grande que los separa de Nicaragua; además manifiestan que así como Costa Rica se ha erigido en República independiente, igualmente debe hacerse en lo eclesiástico para que haya "armonía" entre el fuero civil y el eclesiástico. Recordemos que, efectivamente, el 31 de agosto de 1848, poco más de un mes antes de la citada carta, Costa Rica se declaró como República independiente y el señor Castro Madriz se convirtió en su primer Presidente, lo cual muy seguramente motivó la petición que hiciera el clero de la nueva República.

Así las cosas, el Presidente Castro Madriz (1847-1849,1866-1868), no sabemos si motivado por la referida carta del clero –aunque lo insinúa– o por qué razones, decretó él mismo la erección de la Diócesis de Costa Rica, el 12 de diciembre de 1848 . De nuevo, como en 1825, el Dr. Castro Madriz (1847-1849; 1866-1868) cree que posee los derechos del antiguo Patronato español, olvidando que el mismo es concesión de la Santa Sede y no derecho propio, aunque en el decreto respectivo se evidencia que salva la potestad del Sumo Pontífice para emitir las respectivas bulas.

En todo caso, los alcances de este decreto son apenas limitados, pues parece que el mismo no se hizo público y, por lo demás, poco menos de un año después, el 16 de noviembre de 1849, el Dr. Castro Madriz (1847-1849; 1866-1868) renunció a la Presidencia y con ello el Decreto quedó en el olvido, sin que trascendiera el asunto, mucho menos en Roma.

12. Por lo demás, el mismo Dr. Castro Madriz (1847-1849; 1866-1868), quien ya después de la declaración de la República en 1848 había comenzado a organizar nuestra representación diplomática en Europa, por medio de nuestro Ministro Plenipotenciario en ese continente, don Felipe Molina, había entrado en contacto con la Santa Sede para tratar el asunto de la erección de la Diócesis de Costa Rica.

Sabemos que don Felipe Molina, el 9 de noviembre de 1849 –a siete días de la renuncia de Castro Madriz–, hizo la solicitud oficial ante la Santa Sede del reconocimiento de la República de Costa Rica y de la erección del obispado.

II. Erección de la Diócesis en 1850.

1. Las gestiones para alcanzar la erección de nuestra Diócesis continuaron al asumir el gobierno don Juan Rafael Mora Porras (1849-1853, 1853-1859), el 26 de noviembre de 1849. Pero, por la lentitud de las negociaciones ante la Santa Sede, don Felipe Molina delegó el asunto al Marqués de Belmonte, don Fernando de Lorenzana, Encargado de Negocios del Ecuador y, desde entonces, también Ministro Plenipotenciario de Costa Rica ante la Santa Sede.

El Marqués Fernando de Lorenzana consiguió que, el 16 de febrero de 1850, el cardenal Giacomo Antonelli (1806-1876), Secretario de Estado del papa beato Pío IX (1846-1878), otorgara el reconocimiento de la República de Costa Rica por parte de la Santa Sede; como ya de hecho se había realizado con buena parte de las nuevas naciones americanas, desde tiempos del papa Gregorio XVI (1831-1846).

2. Es así como, finalmente, el 28 de febrero de 1850, se emite la bula "Christianae Religionis Auctor", del papa beato Pío IX (1846-1878), erigiendo el obispado de San José de Costa Rica, encargando al XXV° Arzobispo de Guatemala, Francisco García Peláez (1846-1867), la ejecución de la misma y mandando el nombramiento de un Vicario Capitular interino.

El Marqués Fernando de Lorenzana informó al Gobierno ambas noticias, la del reconocimiento de la República y la de la erección de la Diócesis, aún antes de que se hubieran expedido los respectivos documentos; de modo que ya el 6 de marzo de 1850 se conocía la noticia en Costa Rica, con el júbilo generalizado que podemos imaginar, y comprobar en gran cantidad de documentos que dan noticia de ello. Se cumplía así un sueño manifiesto desde el siglo XVI, desde casi trescientos años antes.

3. Es de suma importancia anotar que en este momento, desde noviembre de 1848 y hasta abril de 1850 –por tanto aún al momento de la erección de nuestra Diócesis–, el papa beato Pío IX, se encontraba exiliado en Gaeta, Reino de Nápoles, dados los difíciles acontecimientos que se venían suscitando en Roma, por la así llamada "cuestión romana", en la que los nacionalistas italianos cuestionaban el poder temporal pontificio, ante lo cual muchos países europeos habían abandonado al Papa.

Así que, podemos afirmar que, si para Costa Rica y sus presidentes José María Castro Madriz (1847-1849,1866-1868) y Juan Rafael Mora Porras (1849-1853, 1853-1859) era importante el reconocimiento oficial de la República por parte de la Santa Sede; en estas circunstancias, también para el papa beato Pío IX (1846-1878) era necesario el reconocimiento por parte de los Estados –como lo viene a demostrar también la gran actividad concordataria que a partir de 1850 la Santa Sede despliega con diversos Estados, entre ellos el nuestro–.
No hay duda que estos acontecimientos influyeron para que ambas cosas, el reconocimiento de la República de Costa Rica y la erección de la Diócesis, se ejecutaran en la difícil coyuntura que se mantenía aún con fuerza en Roma en febrero de 1850. El reconocimiento del Estado y la erección de la Diócesis, en febrero de 1850, se inserta en la difícil situación por la que atraviesa el gobierno temporal del Papa y ello, en parte, explica su ejecución. De alguna manera, Costa Rica vino a ser también punto de apoyo para el Santo Padre en aquellas difíciles circunstancias.

4. El contenido de la Bula de erección de la Diócesis de San José de Costa Rica hace un recuento de las motivaciones expresadas por las autoridades civiles para solicitar su erección, establece la sede episcopal en la ciudad de San José y eleva su iglesia al rango de Catedral, expresa que los límites coinciden con los del Estado -haciendo una detallada descripción de los mismos, dados los problemas limítrofes que existían con Nicaragua-, encarga que se erija el Cabildo con "al menos una dignidad y tres canónigos", se ordena igualmente el establecimiento del Seminario, se detalla la manera como se va a mantener la Diócesis económicamente y se nombra al ejecutor de la misma, ya mencionado.

El Arzobispo de Guatemala Francisco García Peláez (1846-1867) firmó, el 5 de setiembre de 1850, el decreto de la ejecución de la bula, nombrando Vicario Capitular al P. José Gabriel del Campo y, el 2 de febrero de 1851, se publicó solemnemente en San José la Bula pontificia y el decreto arzobispal, y tomó posesión el Vicario Capitular, cesando en sus funciones el último Vicario General, el P. Rafael del Carmen Calvo.

Lo importante del caso es que, la bula "Christianae Religionis Auctor", del papa beato Pío IX (1846-1878), del 28 de febrero de 1850, viene a ser la respuesta que la Santa Sede dio al pueblo de Costa Rica, a su Gobierno y al clero, que con tantas ansias, desde 1560, anhelaban contar con Diócesis y Pastor propios.

5. Mons. Bernardo Augusto Thiel Hoffman C.M. (1880-1901), en su 45a Carta Pastoral para la Cuaresma del año 1900, refiere muy atinadamente el gran beneficio que recibió la grey costarricense con esa disposición del Santo Padre de erigir la Diócesis de Costa Rica. Dice así:

 "Para comprender bien la importancia de este suceso, preciso será haber vivido en aquellos tiempos, cuando ambos países constituían una sola diócesis, o haber estudiado a fondo los documentos antiguos. La gran distancia que separa a Costa Rica de León, que era la Sede episcopal, los malos caminos que dificultaban los viajes y en tiempo de invierno los hacían con frecuencia del todo imposibles, la gran demora que sufrían los negocios eclesiásticos, la dificultad de apacentar, según las muy sabias leyes canónicas, esta parte de la grey, y por consiguiente el atraso religioso que forzosamente tenía ésta que sufrir; todas esas razones, y muchas más que sería largo enumerar, hacían desear vehementemente a nuestros antepasados, la creación de un Obispado independiente. Los antiguos obispos de Nicaragua y Costa Rica hacían lo que podían para cumplir con el cargo pastoral, pero el trabajo era superior a sus fuerzas morales y aun físicas. Muchos de ellos fueron nombrados en una edad avanzada, ya septuagenarios; otros eran de salud delicada, sin poder resistir a lo fuerte del clima y a las penalidades de los viajes [...]. Esto hace ver que los intereses religiosos del pueblo de Costa Rica tenían que sufrir mengua considerable; porque, si en todas las sociedades el progreso y adelanto dependen en su mayor parte de la cabeza, más aún en la Iglesia, en un Obispado, pues, como bien observó ya San Cipriano ‘ecclesia in episcopo est’" .

III. El primer Obispo.

1. Una vez erigida la Diócesis, estaba pendiente aún el nombramiento del primer obispo. El Arzobispo de Guatemala, Francisco García Peláez (1846-1867), ejecutor de la Bula, recomendó la candidatura del sacerdote costarricense Anselmo Llorente y Lafuente, designado por él mismo Rector del Seminario de Guatemala. El P. Llorente era casi desconocido en Costa Rica fuera del círculo de sus parientes; pero, las recomendaciones del Arzobispo García Peláez, decidieron el asunto en su favor.

Efectivamente, el Pbro. Dr. don Anselmo Llorente y Lafuente, fue confirmado como primer obispo de Costa Rica, el 10 de abril de 1851; el 7 de setiembre del mismo año fue ordenado obispo por el Arzobispo de Guatemala, Mons. Francisco García Peláez (1846-1867), llegó a Costa Rica el 18 de diciembre de 1851, concretamente a Puntarenas, el 28 del mismo mes llegó a San José y tomó posesión del obispado el 2 de enero de 1852.
2. Mons. Anselmo Llorente y Lafuente (1851-1871) nació en Cartago, el 21 de abril de 1800, en el hogar formado por don Ignacio Llorente y doña Feliciana Lafuente. Huérfano de padre desde muy temprana edad, se educó primero en Cartago y luego, en 1818, se fue a Guatemala bajo la protección de Fray Anselmo Ortiz y allí se dedicó a los estudios eclesiásticos. Se graduó de bachiller en Filosofía en el Colegio de San Carlos en 1822; fue ordenado sacerdote en 1824 por Mons. Ramón Casaus y Torres O.P. (1815-1829) y se doctoró al año siguiente, en 1825, en ambos Derechos. Sirvió en Guatemala en los años subsiguientes y, en 1846, asumió la rectoría del Seminario de Guatemala. Después de su partida para Guatemala no había regresado el P. Anselmo Llorente a Costa Rica, con excepción de una breve visita en marzo de 1827.

3. Sin duda que la erección de la Diócesis, no inicia la labor de evangelización de la Iglesia costarricense, pero sí viene a darle un fuerte impulso; comenzándose en 1852, con la presencia de su primer obispo Anselmo Llorente y Lafuente (1851-1871), el proceso de organización y desarrollo de la misma.

Ya en la década de los años cuarenta del siglo XIX, Costa Rica comenzaba a cambiar, ya daba sus primeros pasos en la inserción en el comercio mundial, con las primeras exportaciones de café, y la llegada de inmigrantes europeos influyó decididamente el desarrollo sociocultural y económico de entonces.

Desde el punto de vista religioso, Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez (1940-1952) nos informa, que para 1851, la Provincia de San José, con sus 31.000 habitantes, contaba con diecinueve presbíteros, once iglesias, una ermita y dos oratorios; la Provincia de Cartago, con sus 22.000 habitantes, contaba con diecisiete presbíteros, dieciséis iglesias, una ermita y un oratorio; la Provincia de Heredia, con sus 17.000 habitantes, contaba con nueve presbíteros y cinco iglesias; la Provincia de Alajuela, con sus 18.000 habitantes, contaba con once presbíteros y cinco iglesias; y la Provincia de Guanacaste, con sus 9.000 habitantes, contaba con cinco iglesias y dos oratorios; y la comarca de Puntarenas, con 3.000 habitantes, contaba con una iglesia, y, entre ambas, contaban con seis presbíteros. Por tanto, el total aproximado de la población de Costa Rica para 1851 era de poco más de 100.000 habitantes, y se contaba con 63 presbíteros, 43 iglesias, 2 ermitas y 5 oratorios; para todo el país .

4. Entendemos, entonces, el gran trabajo que tuvo que emprender Mons. Anselmo Llorente y Lafuente (1851-1871) en las labores de organización de la Diócesis. Dentro de su obra pastoral, sólo mencionamos:
1) Inició la organización de la Curia. Nombra notario de la misma a su sobrino, Julián Volio, y Provisor a su hermano, Ignacio Llorente. En octubre de 1852 traslada el archivo de la antigua Vicaria Foránea de Cartago a San José, siendo el inicio del Archivo Eclesiástico y el 8 de diciembre de 1853, establece el Cabildo de la Catedral, compuesto por sacerdotes que habían de ser sus consejeros en muchas cuestiones.

Figuras muy notables se destacaron en el Cabildo durante el episcopado de Mons. Llorente (1851-1871), vale la pena mencionar, entre ellas, los nombres del Pbro. Rafael del Carmen Calvo, Prelado Doméstico de Su Santidad, primer Vicario General y Deán del Cabildo; el Pbro. Dr. Domingo Rivas Salvatierra, segundo Vicario General desde 1863, gran colaborador y organizador técnico de la Diócesis y después Vicario Capitular de la Diócesis en la vacante desde 1871 hasta 1877; el Pbro. Dr. Carlos María Ulloa, quien fue también su secretario y consejero privado y luego Vicario Capitular de 1901 a 1903 y el Pbro. Antonio del Carmen Zamora, Prelado Doméstico de Su Santidad y largos años Vicario General del segundo obispo de Costa Rica, Mons. Bernardo Augusto Thiel Hoffman C.M. (1880-1901).

2) Animó la organización eclesiástica de la Diócesis. Por orden canónico y para efectos de mayor presencia en el territorio, el 2 de febrero de 1852, Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) creó las tres Vicarias foráneas de Cartago, Heredia, Guanacaste y Puntarenas, para las que fueron nombrados Vicarios. El 7 de julio de 1852, creó la Contaduría y Tesorería General de Fondos Píos, encargada de velar por la recta inversión de los fondos eclesiásticos.

3) Es de resaltar que mediante la celosa y eficaz cooperación de los canónigos Domingo Rivas Salvatierra y Carlos María Ulloa, Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) pudo iniciar la obra importantísima de reforma de la antigua iglesia Catedral, el 1° de agosto de 1871; labor que será concluida en 1878, siempre gracias a la colaboración de los mencionados canónigos.

4) Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) contribuyó a la edificación de gran cantidad de iglesias y erigió nuevas parroquias, como parte del proceso de organización diocesana, entre ellas: En San José: Desamparados (1853), Guadalupe (1856), San Vicente de Moravia (1863), San Isidro de Coronado (1864), San Juan (1865), San Pedro del Mojón (como filial de San José en 1863), Aserrí (1865, con cura independiente de Curridabat). En Cartago: Turrialba (1864), Tres Ríos (1868) y San Rafael de Oreamuno (1867). En Heredia: Santa Bárbara (1852), Santo Domingo (1854), San Antonio de Belén (como filial de Heredia en 1862 y como parroquia independiente en 1867), San Isidro (como filial de Heredia en 1866). En Alajuela: San Ramón (1854), Grecia (1854), San Mateo (1859), San Pedro de Poás (1862), Naranjo (como filial de Alajuela en 1865) y Palmares (como filial de San Ramón en 1866). En 1858 ordena al cura de Turrialba que visite Matina y Moín .
5) Bajo el episcopado de Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) se concluyó el Concordato con la Santa Sede, firmado en Roma el 7 de octubre de 1852. Sin duda el Concordato constituye un paso de trascendental importancia, pues regula las relaciones entre la Iglesia y el Estado, aunque claro está, posteriormente no dejaron de presentarse conflictos, hasta llegar a su ruptura en 1884.

6) Impulsó la institución y la construcción del Seminario y la formación del clero. Por orden de Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871), la construcción del Seminario empezó en mayo de 1854, donde ya se impartían lecciones de Latín desde 1863 y en 1864 las primeras de Teología, en el edificio aun sin concluir. Nombró los primeros Formadores y en 1870, inició las gestiones para que los padres Paulinos vinieran al país; su consecución es mérito suyo aunque murió sin verlo cumplido. Además consiguió el título de Pontificia a la Universidad de Santo Tomás, el 31 de mayo de 1853 por parte del papa beato Pío IX (1848-1878), lo cual legitima las concesiones de títulos académicos en materias eclesiásticas. Preocupación constante de su episcopado fue la formación del clero, al cual dedicó lo mejor de su interés, consciente de la dependencia que de ese factor tiene la buena marcha de la Iglesia. Lo mismo desde 1862 contribuyó con las cuotas para el sostenimiento del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, fundado en 1859.

7) Impulsó la instrucción para el pueblo de Dios con la Catequesis y para el clero con las Asambleas del clero. Los Catecismos dominicales se iniciaron por este tiempo en la iglesia Catedral, bajo la dirección del Pbro. Dr. Carlos María Ulloa, lo mismo que en los demás templos parroquiales. Igualmente se organizaron las conferencias semanales del clero presididas por el mismo Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871).
8) Realizó visitas episcopales en toda Costa Rica. No olvidemos que la última visita episcopal antes de la erección de la Diócesis había sido en 1815. Entre enero y marzo de 1853 realizó la visita episcopal en Guanacaste y Puntarenas. Practicó su segunda visita canónica entre el 26 de diciembre de 1856 y el 17 de febrero de 1857, pasando por Alajuela, Heredia, San José y sus poblados. Y la tercera visita la realizó en 1865, a partir de enero, pasando por Puntarenas, Guanacaste, Alajuela, Heredia, San José y Cartago.
9) Tuvo honda preocupación por las misiones. Fue interés de Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) traer a los franciscanos para que se ocuparan de las misiones especialmente de Térraba y Boruca, sus gestiones fueron ingentes, logrando su llegada en 1866, pero quienes se retiraron en 1867. Contribuyó personalmente desde 1855 para las misiones de África.

10) Impulsó obras de caridad y de educación. Fue Presidente de la Junta de Caridad en 1852, encargada de velar por el bien del Hospital San Juan de Dios. En 1860 contribuyó personalmente para la creación de la Escuela de Música de Heredia. El 25 de noviembre de 1862, Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) donó al Gobierno una casa en San José, para la reclusión de mujeres, la cual se estableció en 1863. En su testamento legó una casa suya en Cartago para que se establecieran allí las Hermanas Betlemitas o del Sagrado Corazón de Jesús, para dedicarse a la enseñanza de las niñas, como lo harán efectivamente en 1877. Además en su testamento dejó pontificales y ornamentos, con los pectorales y anillos y 200 pesos a la Catedral; sus libros y los muebles del Palacio al Seminario. Del resto de los bienes hace seis partes: una para distribuir entre iglesias necesitadas, otra para los pobres, otra para fundar una beca en el Seminario, otra de la que dispondría don Vicente Sáenz, dos para sus hermanas y algunos parientes pobres y otra para la servidumbre y "decir Misas".

11) Escribió Cartas Pastorales y circulares. Dejó cerca de sesenta documentos sobre las más variadas materias, particularmente disciplinares, de estilo sobrio y sereno.

12) En el contexto de las guerras de 1856 y 1857 en contra del invasor William Walker, la voz de Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) entusiasmó a los soldados y con paternal solicitud les designó abnegados Capellanes.
13) Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) viajó a Roma el 28 de agosto de 1869, para asistir al Concilio Vaticano I (1869-1870), que se inauguró el 8 de diciembre del mismo año, sabemos que ya para inicios de julio de 1870 estaba de regreso en Costa Rica, probablemente al obtener noticias del golpe de Estado del 27 de abril de 1870, por lo que no participó de la votación final que aprobó el dogma de la infalibilidad del Magisterio del Romano Pontífice.

5. Mons. Anselmo Llorente y Lafuente (1851-1971) murió el 23 de setiembre de 1871, luego de prácticamente veinte años de episcopado. Sus restos reposan en el presbiterio de la Catedral Metropolitana.

Podemos decir que Mons. Anselmo Llorente y Lafuente (1851-1871) supo cumplir con el ministerio pastoral que las circunstancias del momento le exigían. Fue pastor celoso, coherente con sus convicciones y ante todo hombre de Iglesia, ciertamente Mons. Llorente y Lafuente (1851-1871) puso las bases sobre las cuales continuó desarrollándose la Iglesia costarricense y ése es su principal legado.
Conclusión.

1. Posteriormente, la Iglesia costarricense continúa su camino de organización y desarrollo, hasta el punto en que se crea la Provincia Eclesiástica de Costa Rica, el 16 de febrero de 1921, mediante la bula "Praedecessorum" del papa Benedicto XV (1914-1922). Dicha bula eleva a Metropolitana la Sede de San José y crea la Diócesis de Alajuela y el Vicariato Apostólico de Limón. Con el paso del tiempo se irán erigiendo el resto de las Diócesis del país.

2. El venerable y muy querido papa Juan Pablo II (1978-2005) nos invitaba en la "Novo Millennio Ineunte" Nº1 a "recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro".

Fuente: Pbro. Fernando A. Vílchez Campos. Historiador Eclesiástico

Pagina Web de la Arquidiócesis de San José.

Foto imagen de Monseñor Llorente y Lafuente, escudo

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