CARTAGO Y SUS TERREMOTOS: SAN ESTANISLAO (1822) Y SAN ANTOLÍN (1841)

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Ana Patricia Fumero Vargas analiza los efectos de dos sismos importantes para la conformación de la ciudad de Cartago. Se discuten los efectos de los mismos en la vida cotidiana, el poblamiento y la arquitectura de la ciudad, así como en la legislación costarricense. Se logra determinar que producto de los terremotos sufridos durante el siglo XIX se acelera el proceso de reconstrucción de la ciudad

CARTAGO Y SUS TERREMOTOS: SAN ESTANISLAO (1822) Y SAN ANTOLÍN (1841)

Por Ana Patricia Fumero Vargas

patricia.fumero@ucr.ac.cr
Publicado originalmente en http://www.estudiosgenerales.ucr.ac.cr/estudios/no23/papers/isec2.html



“Todavía con el espanto del rostro, diez o doce días después del horrible cataclismo, teniendo frente a sus ojos la ciudad en ruinas y en el corazón el dolor de centenares de muertos y miles de contusos de la catástrofe, sintiendo quién en los oídos el espantoso crujido de la ciudad que se derrumbaba en fracaso ensordecedor, como ausentes de sí mismos, sin saber qué hacer ni hacia dónde encaminar sus pasos, yo ví [sic] una clara mañana de mayo del año de 1910, grupos de cartagineses deambular entre montones de piedras, escombros y roto maderamen en lo que había sido asiento de sus hogares, casco de aquella antañona ciudad singular entre todas las del país, lejana reminiscencia en cada uno de sus rincones de la época colonial”. Joaquín Vargas Coto,1910. (Oconitrillo y Vargas, 1995,1 p.07).

Vargas Coto describe sentidamente los efectos del terremoto de Santa Mónica del 4 de mayo de 1910, el cual ocurrió antitos de las siete de la noche. Se estima que su magnitud fue entre 7 y 7,9 grados en la escala de Richter con una duración de 16 segundos.

Algunos hablan que destruyó el 60 por ciento, otros que el 90 por ciento de la ciudad de Cartago. Lo cierto es que la mayoría de las edificaciones representativas del poder –el Estado y la Iglesia, además de las casas de habitación y comercio del Cartago republicano cayeron. Si embargo, esta no era la primera vez que sus habitantes reconstruían su ciudad.

El terremoto de San Estanislao de 1822, daño en forma significativa la ciudad y el terremoto de San Antolín en 1841, dejó pocas casas en pie y supuso la desaparición de las construcciones coloniales. De esta forma, la secuencia de terremotos que se produjeron a lo largo del siglo XIX, devino en la destrucción de la arquitectura colonial primero y luego la republicana. No obstante, tal destrucción se convirtió en una oportunidad para repensar y reinventar la Muy Noble y Leal Ciudad de Cartago.

Cartago fue construida en su ubicación actual en 1575,  cuando Alonso Anguciana de Gamboa nuevamente trasladó a la población desde Mata Redonda (cercanías de La Sabana, al oeste de San José) hacia las faldas del volcán Irazú. (1) La decisión de trasladar de Cartago hacia San José, fue producto de una de las tantas inundaciones que la aquejan y que dio motivo a que se le llamara la “Ciudad del Lodo”.( González, 1906,92). Siglos después, las sistemáticas inundaciones continúan afectando la ciudad, pero además, Cartago fue afectada por un fuerte terremoto el 7 de mayo de 1822 (cc. Terremoto de San Estanislao), volvería a serlo el del 2 de setiembre de 1841 (cc. Terremoto de San Antolín) y por el terremoto del 4 de mayo de 1910 (cc. Terremoto de Santa Mónica). Este trabajo se centra en tales catástrofes naturales, sin embargo, no se toman en cuenta los daños causados por inundaciones tan severas como la de 1892, la cual hizo necesario reconstruir partes de la ciudad.

El presente trabajo se divide en tres secciones. Una primera que muestra el tipo de vida, arquitectura en el período posterior al período Colonia y antes de la llegada de los liberales y el café al poder y la segunda versa sobre los efectos del terremoto de San Antolín y San Estanislao para terminar con un epílogo.

 

El Cartago del terremoto de San Estanislao: 1822

 

  “En Cartago, como en todas partes, los hombres son una especie           extravagante. En 1841 el volcán les derribó toda la ciudad, y no solo la    han reedificado en el mismo sitio, sino que se han ido acercando cada           vez más al cráter [del Irazú] con sus plantaciones” Willhem Marr, 1854.          (Marr y Solózano, 2004, p. 384).
 
El viajero inglés John Hale, quien visitó Costa Rica en 1825, es uno de los primeros que describe las casas de la ciudad de Cartago del período posterior a la independencia. Tal descripción posibilita mirar lo que fuera la fisonomía de una ciudad de poco más de 40 cuadras e imaginar la vida y arquitectura colonial:


“La casas consisten de un piso bajo únicamente, cuyas paredes están hechas de adobes o ladrillos de una arcilla que parece tierra… Las puertas, las ventanas y los techos son de cedro y éstos con tejas. Los pisos tienen por lo general un pavimento de ladrillo cocido al fuego, cuya forma varía según el gusto del propietario. Las puertas de las mejores casas están ornamentadas con una estría hecha por medio de un escoplo, porque carecen de cepillos de bocel. La puerta del pobre es de una estructura más humilde y original… Las ventanas son iguales a las que se usan en la mayor parte de los países de la América española: una reja de barrotes torneados colocada en un marco con una, dos o tres hileras de travesaños, según la altura de la ventana. Las paredes interiores de las casas son enlucidas, encaladas o pintadas a la aguada y algunas resultan de mucha fantasía. No ví en la provincia una sola ventana de vidriera... En todas las otras villas las casas están construidas del mismo modo”. (2)


En 1824, la ciudad de Cartago contaba con 11.028 habitantes (Hernández, 1985,29) y con una economía que giraba en torno a productos de la tierra, importaciones limitadas y en torno al mercado de los jueves, que se organizaba en lo que hoy es conocido como la Plaza Mayor, situada en frente a “las ruinas” de la iglesia de Santiago Apóstol en el casco histórico de la ciudad. Hale establece que la ciudad ocupaba una milla de terreno, organizada a partir del patrón damado y cuyas aguas nacidas corrían por las calles, lo cual convertía a la ciudad en lodosa y de allí su apodo, “la ciudad del lodo”. Sin embargo, pese a la relativa riqueza que tuvo Cartago durante el período colonial, el viajero inglés establece que las tierras, las casas y la vida de los cartagos eran “notoriamente baratas”. (3) De tal forma, que las casas descritas son representativas del sector más privilegiado de la sociedad costarricense. En 1853, los viajeros alemanes Moritz Wagner y Karl Scherzer consideraban que las casas en Cartago eran pobres pues narran que  “El interior de las habitaciones se ve tan vacío, tan sin acabar y tan indoméstico que uno tiene la impresión de que sus moradores están en mudanza de casa”(Wagner y Scherzer, 1974, p. 272). Faltaría hacer un estudio profundo de la fisonomía y la vida cotidiana de la Cartago de la primera mitad del siglo XIX para tener una mayor imagen de la ciudad.

Al mismo tiempo, se continuó con el patrón establecido en el Nuevo Mundo, de tal forma la ciudad tenía organizados jerárquicamente aquellos elementos cívicos y privados. Lo anterior no cambió a inicios de la vida republicana como bien lo describe Hale. Consecuentemente, los habitantes de la capital colonial se habían preocupado por el aspecto espiritual, de tal modo habían vestido la ciudad con siete iglesias, una más de las reportadas para el período colonial (Ibid, 268). Dichas edificaciones le brindaron un aire distinguido a la ciudad. De aquella ciudad falta mayor investigación de archivo para poder reconstruir su vida política y cotidiana como la efectuada por el historiador Arnaldo Moya, quién describe la Cartago colonial como una

“ciudad [que] alojaba al gobierno de la Provincia, al cabildo, a la jerarquía eclesiástica, a los vecinos principales y a las gentes del común. Si pudiésemos utilizar la ciudad como un texto que nos revele un orden jerárquico del espacio, hallaríamos en el centro la Plaza Mayor y la Santa Iglesia Parroquial, hacia el noreste de la plaza ubicamos el cabildo y la cárcel, y hacia el sureste el cuartel de las milicias. El cementerio Parroquial, reservado para individuos de baja condición social, se ubicó desde los albores de la colonia en el solar de la Iglesia Mayor” (Moya, 1998, p. 85).


La descripción parece no alejarse mucho de la ciudad que fue sacudida por un fuerte terremoto el 7 de mayo de 1822 entre la 1:30 y 2:00 am. Según el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica dicho evento fue producto de un tsunami y licuefacción en la Barra del río Matina en la costa caribeña costarricense, el cual produjo severos daños en Cartago y San José. (4) Los daños se extendieron a la costa Caribe de Nicaragua y Panamá. Las declaraciones de los vecinos de Matina establecen que sintieron tres violentas sacudidas. El vecino del litoral caribeño, Raimundo Calvo describe el evento de la siguiente forma:

“que el siete del presente, como a la una y media de la madrugada, hubo tres terremotos tan grandes, que aún no se han visto otros de igual calidad, que pasados quedó temblando sin cesar, veinticuatro horas, que después ha seguido temblando: que la tierra se rajó en muchas partes en grietas profundas, vertiendo de ellas agua salitrosa y arenillas negras: que los ríos y bahías crecieron y se inundaron, poniéndose también todas aquellas aguas salitrosas y por todos estos motivos se juntaron todas las gentes a venirse para Cartago…” (5)


Al momento del terremoto Costa Rica estaba en medio de una convulsión política debido a las decisiones que se tomaron al arribo de la independencia en 1821. La colonia permitió una relativa autonomía de la provincia con respecto a las autoridades españolas asentadas en Guatemala a la vez que fortaleció una relativa autonomía de las cuatro principales ciudades del país. Así, las ciudades de San José y Alajuela apoyaban un desarrollo republicano, lo cual supuso un claro enfrentamiento con las ciudades de Cartago y Heredia las cuales favorecían la adhesión al imperio mexicano de Agustín de Iturbide (mayo 1822-marzo 1823). En todo caso, a partir de la reunión de 6 de enero de 1822, la Junta de Electores consagró constitucionalmente la anexión de Costa Rica a tal imperio.

Una semana más tarde tomó posesión la primera Junta Superior Gubernativa en la ciudad de Cartago. Tales decisiones no resultaron fáciles por lo cual provocaron diversas revueltas y manifestaciones espontáneas y organizadas por los habitantes contra las decisiones tomadas por la Junta.


La tensión entre los cartagos y josefinos se acrecentó cuando el 30 de abril se encontraron camino a San José “todos los pertrechos de cartuchos, pólvora, balas y piedras de chispas, que habían en esta sala de armas [cuartel de Cartago]”, de tal forma que el Alcalde 1º tuvo que comparecer con el fin de esclarecer la forma en que los mismos llegaron al lugar y así evitar que la Junta Superior Gubernativa le quitara a Cartago la totalidad de pertrechos. La presión que tuvo el Alcalde lo llevó a trasladarse, junto con su numerosa familia, a la Villa de Heredia pues consideraba que su seguridad personal estaba en riesgo. A su vez, las tensiones se extendían hacia Nicaragua pues existían intereses sobre la factoría de tabacos establecida y fuente de riqueza de la ciudad de San José motivo, por el cual la Junta Gubernativa solicitó la provisión de pertrechos a los pueblos y villas. (6) Paralelamente, vecinos de la ciudad de Cartago habían gritado en forma pública a favor de la república, lo cual supuso que varios tuvieran que comparecer ante el Ayuntamiento por la ofensa frente a las decisiones tomadas en función de la anexión al imperio mexicano. En suma, la situación política en el Valle Central era convulsa. Se creía que se estaba al borde de una revuelta o guerra civil motivada por el descontento debido al rumbo que la independencia había tomado. A lo anterior se sumó que el artículo 19 del Pacto de Concordia (Pacto Fundamental Interino de Costa Rica 1821-1823), establecía que la capital rotaría 3 meses al año entre las cuatro poblaciones mayores, lo cual no hacía feliz a muchos tampoco. En ese contexto, el 7 de mayo, ocurre el terremoto que azotó Matina, Cartago y San José, entre otras localidades. De tal forma que el terremoto de San Estanislao fue visto por políticos y habitantes como un signo divino para que los pueblos costarricenses volvieran a la calma política.


El impacto del movimiento sísmico fue tal que en la villa de San José, a escasos 22 kilómetros de Cartago, el “Ayuntamiento acordó tener un cabildo abierto, con el fin de perpetuar la memoria de lo sucedido por medio de voto solemne”. En fin se decidió que todos los años en la víspera se hicieran una misa solemne al Señor San José y una …

“procesión con letanías mayores y sermón en que el orador excite la piedad y reconocimiento de estos habitantes, recordándoles la calamidad que experimentó la provincia en esta ocasión en que a pretexto de cuestiones públicas se alarmaban los ánimos de los pueblos, preparándose para abrasar en el fuego terrible de la discordia y guerra civil, que la misericordia de Dios se ha dignado atajar por el medio de la calamidad de los terremotos par restituir a los pueblos a perfectos sentimientos de paz, unión y armonía…” González V., 1910, p.18).


Los problemas políticos y económicos que tenían los cartagineses y josefinos finalmente se resolvieron en la Batalla de Ochomogo del 5 de abril de 1823. Básicamente en esta guerra civil se solucionó definitivamente la discusión sobre el tipo de independencia que se privilegiaría: la república. El ideal republicano triunfó y el resultado condujo al traslado de la capital a la floreciente ciudad de San José. (7) La pérdida de la capital supuso un impasse en el desarrollo cartaginés. En todo caso la ciudad de San José, fundada a mediados del siglo XVIII surgió con un desarrollo comercial y agrario promovido por el comercio del tabaco, motivo por el cual el proceso de cambio hacia un modelo de capitalismo agrario le fue más natural. Proceso diferente al de Cartago asociado con prácticas mercantiles de corte colonial. (8)


Por su parte el Ayuntamiento de Cartago acordó que

“para consolidar con este Ayuntamiento y vecindario la paz, alianza y unidad que debía reinar entre unos pueblos hermanos en la crisis más triste y lamentable de los terremotos (que aún no calman) se abocó con este Ayuntamiento, venerable clero y vecindario que se hallaba reunido y cumpliendo su comisión, prometió poner un perpetuo silencio a cualesquiera hecho o motivo de resentimiento de una y otra parte y que en obsequio de la paz y de la justicia no se volvería a tocar asunto alguno. Y en vista de tan loable y prudente medida, prometió este Ayuntamiento, clero y vecindario, unánimemente guardar la misma conducta del Gobierno y no remover jamás especies que aunque justificasen dejaría de causar una cadena de averiguaciones y resentimientos…” (9)


El acuerdo permitió que el Ayuntamiento le diera apoyo a los mandatos de la Junta Gubernativa y se empezara a trabajar en pos del diseño de un plan de acción para atender el sismo. Así, el terremoto de San Estanislao fue visto como un signo divino y una oportunidad para evitar la guerra civil y ordenar políticamente el país.


El Ayuntamiento de Cartago también acordó con la Junta que no se permitirían mayores manifestaciones en contra del modelo de organización política decidida. Solucionada la esfera política de la catástrofe dio inicio la evaluación de los daños en la ciudad. Una de sus primeras decisiones que se tomó fue el mandar a demoler el edificio del Cabildo, no sin antes solicitar que “a la mayor brevedad, [se] acomode maderas y teja del pedazo de cabildo que cayó, para que no se acabe de perder”. (10) Días más tarde, el Ayuntamiento mandó a botar muchas de las tapias y casas por lo que:

“para remediarlo con prontitud, se promulgará por bando por las calles acostumbradas para que llegue a noticia de todos, y que en el término de ocho días las apeen [tapias y casas], y no verificándolo, tomará este Ayuntamiento las providencias de mandar a botar a costa de los dueños de ellas”. (11)


Según documentos, el daño en Cartago fue tal que además de las tapias, casas y el Cabildo se mandaron a demoler el cuartel,  la parroquia y, la Iglesia y el convento de San Francisco. Además, quedó seriamente afectado el Hospital San Juan de Dios ubicado en el convento de la Soledad. (12) En cuanto al cuartel se solicitó que se botaran las dos casas del cuartel para evitar que se perdieran “los materiales y el armamento y pertrechos” pues podrían quedar enterrados si se dejaban caer solitas. Ante la demolición de edificios principales y el daño producido a la cárcel, el Ayuntamiento mandó comunicar a los “barrios por medio de sus celadores, que aquellos hombres, laboriosos que estén por sembrar o desyerbar sus milpas y demás siembros, no se ocupen en trabajo alguno en el ínterin sean concluidos estos trabajos [reconstrucción] tan de primera necesidad”. (13) De tal forma, se recurrió al trabajo “voluntario” de los vecinos de la ciudad para poder reconstruirla.

Al tiempo que iniciaban las labores de reconstrucción se les solicitó a los vecinos que dieran habitación a los religiosos del convento franciscano y que apoyaran las labores de reconstrucción, tanto de la ermita como del convento. En el acuerdo tomado se enfatiza que los religiosos no tenían los medios para la reconstrucción de las instalaciones, por tal motivo se instaba, además, a que la comunidad aportara los materiales y trabajo para el efecto.

Evaluar el terremoto y las consecuencias que produjo desde el punto de vista del sistema constructivo que se utilizó después del terremoto es un poco arriesgado. Sin embargo las actas del Ayuntamiento dan cierta luz cuando establecen que para la reconstrucción de los calabozos  donde se custodiaban los reos, producto de las quejas de los presos al temer que les cayeran encima las paredes, el Ayuntamiento decidió quitar un entrepaño por estar rajado y apuntalar las paredes que se pudieran caer mientras el proceso de reconstrucción finalizaba. De esta forma, se solicitó que se proporcionara el horconaje necesario para hacer un galerón utilizando la madera que se rescató, se comprara caña y se ordenara que se construyera de “bajareque [sic], evitando para lo sucesivo la ruina que ahora se ha experimentado”. (14)

De tal forma, podemos deducir que se privilegió un sistema constructivo basado en el bahareque, el uso de techado de teja y el reforzamiento en techos, umbrales, puertas y ventanas de madera. El hecho que recogieran los materiales antes que se dañaran estaba claramente influenciado por el costo de reposición de aquellos trabajados en madera y producidos por artesanos locales. Según una investigación realizada por el historiador costarricense Iván Molina a partir de 111 mortuales del Valle Central, se puede deducir que para el terremoto de San Estanislao, la mayoría de las casas de la zona estaban elaboradas de teja, adobe y madera (87.91%), mientras que 10 eran de teja, adobe, bahareque y madera (10.98%). (15)

De tal forma, podría considerarse que una de las decisiones que se tomó luego del terremoto es fomentar el uso del bahareque por considerarse en ese momento en sistema más seguro y estable ante los terremotos.

Luego del terremoto la fisonomía de la ciudad se modificó, el cuartel tuvo que ser trasladado a un predio “entre los confines de la misma ciudad”, y familias principales como la del Alcalde 1º, Joaquín Oreamuno tuvieron que construir casa nueva, como otros tantos habitantes. (16) Se asume que la reconstrucción incorporó otras lógicas arquitectónicas y elementos de confort, salud y distinción a aquellos que sus ingresos le permitían ya que el espacio estaba social y económicamente jerarquizado.  No obstante, el efecto del terremoto de San Estanislao en el ámbito económico aún está por determinarse.

Entre las decisiones que el Ayuntamiento debió tomar para salvaguardar el buen funcionamiento de la ciudad fue el ordenar que se guardaran y custodiaran los granos disponibles y que se pudieron rescatar. Esta última decisión debe corresponder al temor de que hubieran sido afectadas las áreas de producción, especialmente agrícolas, pues en un inicio se pensó que el evento fue producido por el volcán Irazú o que por revuelta contra el gobierno los graneros fueran saqueados. Falta una mayor revisión de las fuentes primarias para poder concluir el origen de dicho acuerdo. (17)

Investigadores de eventos sísmicos determinaron que el terremoto de San Estanislao afectó el Valle Central y el Caribe de Costa Rica y de Nicaragua y el oeste de Panamá. Calculan que la magnitud del evento es de 7,5 en la escala de Mercaly como producto de convergencia de las placas Cocos y Caribe. (18)

En este momento para analizar los efectos de las catástrofes naturales también se parte de las narraciones  de algunos que vivieron el evento sísmico que fueron consignadas por los viajeros alemanes Moritz Wagner y Carl Scherzer en 1852. Ambos cuentan  que en “el año de 1825 [1822] Cartago fue sacudida por un terremoto que destruyó en parte la ciudad y horrorizó a indios y blanco de tal modo que se dispersaron en distintas direcciones”. (Wagner y Scherzer, 1974, p.268) Los efectos de la devastación en la infraestructura producto del evento sísmico se sintieron a lo largo de la década pues todavía en 1829, el Poder Ejecutivo recibió solicitudes para la reedificación de templos. (19)

Con el objetivo de tener una idea del casco histórico de la ciudad de Cartago, Moya estimó que para 1820, había unas 61 casas principales. Esto significa casas de habitación cuya área promedio de construcción oscilaba entre los 224 y 448 metros de construcción y ubicadas en un terreno constituido por medio o un solar completo, lo cual no es representativo de la mayoría de los habitantes.(Moya, 1998, p.88) La descripción que hace doña María Francisca López del Corral, dama principal del Cartago colonial en 1808, en su mortual de su vivienda estaba compuesta por

“una sala, un cuarto dormitorio, una recamara, otro cuarto que esta contiguo a dicha mi casa, una tienda y su trastienda que sirve de despensa, cuya casa esta fundada en treinta y ocho varas de solar y es de pared de adoves, madera de cedro, cubierta de teja con sus puertas y ventanas correspondientes, con su cocina de los mismos materiales, de doce varas de centro” (ibid, p. 89)


Otros habitantes reportan que además de las recamaras propias de una casa de habitación tenían oficinas, corredores alrededor de la casa, aposentos separados para el servicio doméstico y oratorios. Para ese momento algunas de las moradas se alejaban de los pisos de tierra apisonada y ponían pisos de barro cocido e introducían paredes entablilladas o encaladas. Como resultado de la revisión de archivo que hiciera Moya para el período colonial cartaginés, se determina que muchos de los inmuebles tenían clara influencia del románico españolizado pues especifican la “existencia de un patio interior claustreado, alrededor del cual se dispusieron los diferentes aposentos”. (20) De tal arquitectura se separará la sociedad costarricense después del terremoto de Santa Mónica de 1910. Dichas dimensiones, jerarquización de los espacios domésticos, cambios en la arquitectura, el uso del bahareque y el calicanto no eran compartidas por todos los habitantes de la ciudad. Alrededor del casco urbano cartaginés, crecían barrios de grupos marginados o menos favorecidos económicamente.

Se puede concluir que el evento del 7 de mayo de 1822, supuso una reedificación de la ciudad que reflejó cambios en el lenguaje arquitectónico al introducir elementos republicanos en la ciudad de Cartago, la cual se renovaría en su totalidad dos décadas más tarde.


El terremoto de San Antolín: 1841


“En Cartago, como en todas partes, los hombres son una especie extravagante. En 1841 el volcán les derribó toda la ciudad, y no solo la han reedificado en el mismo sitio, sino que se han ido acercando cada vez más al cráter con sus plantaciones”.
( Marr y Solózano, 2004, 384)
 
Son pocas las descripciones de viajeros o locales que se tienen del desarrollo de Cartago durante los años subsiguientes a la independencia. Se puede inferir que el proceso que se venía gestando durante la colonia se extendió durante las primeras décadas del siglo XIX.

Los cambios reales en el desarrollo de las ciudades costarricenses, en el sentido de introducción sistemática de elementos de la modernidad, empezaron a percibirse con las primeras exportaciones de café que posibilitaron a su vez la importación de bienes de consumo en una forma más amplia.

El fenómeno es especialmente importante en la ciudad capital, San José, lugar dónde los beneficios de las importaciones de café empezaron a sentirse en la vida cotidiana. (21) Así, al llegar a Cartago el embajador especial de Estados Unidos en Centroamérica, John Lloyd Stephens en 1840,  describe a Cartago como una ciudad que todavía evidenciaba una población antigua. Narra que :

“…las iglesias [eran] grandes e imponentes, las casas tenían corrales con tapias tan altas como las mismas casa, y su quietud era extraordinaria. Cabalgamos por una calle muy larga sin que se vea a una sola persona, y las calles transversales, que se extendían por uno y otro lado hasta muy lejos, estaban desiertas”(Stephens, Catherwood y Mazariegos, 1982, p.332).

Una vida social limitada y la poca o casi nada afluencia de transeúntes en la ciudad de Cartago llamó la atención a los viajeros quienes la visitaron durante los primeros dos tercios del siglo XIX. Manifiestan que los días bulliciosos eran el jueves de mercado y, el domingo de misa y revista militar, además de alguna que otra reunión en las casas de habitación u hoteles.

Un año después de la visita de Stephens, el terremoto de San Antolín del 2 de setiembre de 1841, destruyó casi en su totalidad la ciudad que visitó. Al inicio se creyó que el terremoto fue producido por el Volcán Irazú, pues había empezado a retumbar cuatro días antes, no obstante, todo parece indicar que fue un terremoto producto de choque de placas pues la narración da cuenta que “el primer movimiento …fue un impulso ondulatorio, al que sucedió inmediatamente otro hacia arriba o de trepidación”(González V., 1910, p.22). Según el Jefe Político Superior de Cartago, Telésforo Peralta, durante el terremoto, “más de una tercera parte de la población… que en ese tiempo se computaba en algo más de 17.000 almas, quedó durante varias horas bajo las ruinas de la ciudad”. (22) La descripción del terremoto según comunicación oficial de Peralta con el Gobierno de la República es la siguiente:

“El día 2 de setiembre de este año a las 6:30 de la mañana se sintió un fuerte temblor, que en menos tiempo, de un minuto arruinó los edificios de la ciudad y barrios… la gente de esta ciudad, compuesta de 16 a 18 mil almas, quedaron bajo las ruinas, y por una rareza admirable solo murieron 16 personas entre párvulos y adultos… El centro de la ciudad, compuesto de 600 casas grandes, y hermosas y a más los edificios públicos, todo fue destruido cayendo completamente 291 de aquellas, el resto inútil y amenazado ruina, a excepción de 4 casas de piedra, 5 de horcones y 3 de tierra [adobe] solamente pueden componerse. Lo adornaban 7 templos de los cuales 5 se inutilizaron de un todo, y 2 admiten composición”. (23)

A la descripción anterior, el viajero irlandés Thomas F. Meagher quien visitó Costa Rica entre 1858-1859, añade que [t]odas las casas, menos una, fueron derribadas, y aún está quedó considerablemente dañada.” (24)

 Wagner y Scherzer amplían la descripción de lo acontecido con datos proporcionados por testigos del terremoto:
“Amaneció una mañana como todas, ni fría ni calurosa, con el cielo claro y el Irazú, hasta su cúspide, despejado de todo [sic] niebla. De repente se sintieron dos o tres sacudidas verticales, las torres de las iglesias se desplomaron y se hundieron los techos, los muros cayeron y las calles planas se convirtieron en terrones, y nubes de polvo que oscurecieron la atmósfera salieron de la tierra como si fuera humo de pólvora. Los habitantes que acababan de despertarse, hombres, mujeres y niños, huyeron medio desnudos apresuradamente, poseídos de una angustia desesperada, a la gran plaza del mercado, caen allí de rodillas, rezan, lloran y se cubren la cara… Todo el día se sintieron sacudimientos en la superficie de la tierra y ésta tardó tiempo para volver a su antigua calma…. Los habitantes tuvieron que deplorar en cambio, ¡una pérdida de casi un millón de dólares!” (Wagner y Scherzer, 1974, p.271).


En efecto, los grandes nubarrones de polvo fueron producto del derrumbamiento de las casas de adobes y bahareques de la ciudad. Recuerdos, vestimentas, mobiliarios y documentos legales y personales se perdieron para siempre, uno de los hilos con la Colonia se rompió para siempre.

Las disposiciones del gobierno de Braulio Carrillo (1835-37, 1838-42) para atender la catástrofe dieron inicio con un mensaje muy sentido en el cual se les pidió a los costarricenses que apoyaran a los cartagineses. La solicitud del gobierno se presentó pese a que también en las provincias de San José y Heredia se destruyeron casas, oficinas y comercio, entre otros. El manifiesto impreso el 2 de setiembre de 1841 dice:

“Costarricenses: todos correspondéis a una misma familia. Los males que un pueblo sufre os deben ser y son en realidad, comunes… Sed generosos y alargad una mano protectora a vuestros hermanos afligidos; ocurrid a ayudarles, para que hagan siquiera pajares en que abrigar a sus familias; llevadles víveres para que alimenten a sus tiernos hijos que lloran en su propio dolor, el de sus padres; traed a vuestras casas y dad de comer a los que os pidan hospitalidad( Villalobos y Chacón,1998, p.520). (25)

En total el terremoto de San Antolín destruyó 4,205 inmuebles en todo el país. En la provincia de Cartago se destruyeron 2176 inmuebles, en la provincia de San José fueron 1664 y en Heredia, 362. La ciudad de Alajuela reportó solo tres inmuebles inutilizados y cuya demolición debía hacerse de inmediato. (26)

El impacto del terremoto fue de tal magnitud que tuvo que desarrollarse un plan específico para atender la catástrofe. Dicho plan fue diseñado por el Jefe de Estado, Braulio Carrillo (1835-1837; 1838-1842) quien emitió órdenes a los Jefes Políticos y militares de Heredia, Alajuela y San José de recoger víveres, palas y azadas; remitir todas las tiendas de campaña y encerados para albergar familias y oficinas públicas; formar una tropa de 52 hombres, junto con sus provisión de comida, para mantener el orden, “desaterro de casas, desagüe y limpieza de acequias, construcción de ranchos, provisión de víveres y demás providencias”; recoger de entre los escombros todos los archivos oficiales y remitirlos a la capital; asignar personal para evaluar los daños en Cartago y ciudades afectadas;  decretar que  “todos los hombres desde la edad de doce años, son obligados a concurrir”; y finalmente se solicitó el levantamiento de un plano de la ciudad que incluyera el nuevo trazado de calles basado en los nuevos parámetros republicanos. (27)

Las órdenes emitidas por Carrillo evidencian que a diferencia del terremoto de San Estanislao, Costa Rica estaba más organizada políticamente.

Las disposiciones de Carrillo no se limitaron a la atención inmediata del terremoto, sino que también devino en la promulgación del primer código de construcción que se conoce en la historia de Costa Rica, el cual fue emitido en 23 de octubre de 1841. (28) Con dicho código se  buscaron los siguientes objetivos concretos: “reedificar la ciudad, normar los sistemas de construcción existentes y tomar las providencias para poder financiar la construcción de los edificios públicos” (Fonseca y Garnier, 1998, p.167). En especial por la cantidad de la destrucción de bienes inmuebles en el Valle Central. (29) El gobierno calculó en 4,205 los bienes destruidos mientras que Meagher narra que dicho terremoto arruinó “totalmente 916 casa, dañando 1.004 y matando 22 personas”. (30) González Víquez, establece que el total de muertos fueron 38 (González V. 1910. p. 24).
La reconstrucción

La ciudad de Cartago inició su reconstrucción a partir del Código de Construcción de Carrillo de 1841, el cual no cambió del todo el tipo de materiales sino la forma en que se utilizaban para construir. El Código establece que hay “…tres maneras se puede construir, a saber, sobre paredes de cal y canto o tierra, sobre horcones fijos en el suelo, o sobre marcos de madera colocados por base del edificio, y en ellos la horconadura que los sostiene…” además detalla en la forma correcta que se debe construir y se deshecha la construcción de casas de dos pisos, de allí lo singular de este tipo de construcciones en el paisaje costarricense. No obstante, se estipula una altura promedio de 4.5 varas en casas de ciudad y 3.5 varas en el campo para que tuvieran presencia visual y que a su interior conservaran una buena ventilación pues las casas bajas eran consideradas “enfermizas” por el tipo de humedad presente en Costa Rica, de allí que se valorara la buena ventilación de los inmuebles.

Cabe recordar que en la década de 1840, no se habían incorporado materiales industriales al sistema constructivo como si se verá posteriormente, por tal motivo el Código termina con una anotación que establece que la forma estipulada de construcción era producto de la “experiencia y de la observación”. (31) Dicha reforma al sistema constructivo cambió la fisonomía cartaginesa, en particular  y la costarricense en general en pocos años.

Dos años más tarde el viajero escocés Robert Glasgow Dunlop visitó Cartago en julio; detallaba que la antigua capital

“Casi no es más todavía que un montón de ruinas. Tiene tres iglesias derruidas y una sola queda en pie. Esta última, dedicada a la Virgen María, se salvó según se pretende, por la especial intervención de ésta; pero la Santísima Señora dio una prueba de pésimo gusto al salvarla, por ser la más pequeña y la más fea de la ciudad. Su destrucción antes bien hubiera sido un beneficio, porque habría hecho que se fabricase una nueva, la cual difícilmente hubiese podido ser tan indecorosa como ésta” (Fernández G., 1970, p.118)

La descripción muestra una ciudad cuya reconstrucción aún no finalizaba y que intentaba respetar los lineamientos de carácter urbano emanados desde el gobierno central, por ejemplo se restringió la altura de las casas a un piso y se dispuso que se reconstruyeran solo dos iglesias: la parroquia mayor y la Soledad. Tal disposición no tenía mucho sentido para la sociedad, pues en ese momento se tenía que tomar en consideración que Cartago era la sede del convento franciscano y tenía el santuario de la patrona de los criollos cartagineses desde 1782, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. (32) De esta forma, la reconstrucción que inició con la reforma de Carrillo devino en un cambio en la arquitectura, no solo por los requerimientos constructivos, ampliación de las calles y creación de nuevos espacios públicos sino porque al mismo tiempo daba inicio la economía asociada a la exportación del café, la cual a su vez produjo dinero suficiente para que se invirtiera en construcciones y consumo conspicuo de una factura separada de la lógica colonial. Así, un nuevo paisaje urbano empezó a perfilarse asociado con elementos de la modernidad. (33)

En efecto, el terremoto de San Antolín, brindó la oportunidad de reconstruir la ciudad de Cartago basada en criterios republicanos alejándose de esta forma de la estética colonial al empezarse a utilizar la estética neoclásica. A partir de las directrices gubernamentales después del terremoto de San Antolín, el bahareque se difundió a nivel nacional, el uso de dicho sistema constructivo mostró ser “un material de construcción mucho más resistente que el adobe contra los temblores. El bahareque permitió disminuir el espesor de las paredes y aumentar su altura” (Fonseca y Garnier, 1998 p.186) En el caso cartaginés, lo anterior supuso un cambio en el paisaje urbano, al seguir la codificación de Carrillo, en adelante se encontraban casas cuyos pisos eran de
“ladrillos rojos, los cielos rasos formados por el maderamen de la armadura y en vez de hojas de ventana bien vidriadas, anchas puertas de madera que permiten la entrada del aire fresco y de la luz del sol…no se encuentran a saber más de cinco o seis casas con ventanas al estilo europeo... Las más sólo están provistas de contraventanas de madera que se cierran al oscurecer… con paredes blanqueadas [de cal]” (Wagner y Scherzer, 1974, pp.285-286).

No obstante, el viajero alemán Wilhelm Marr describe una Cartago diferente de la que hablaba Hale una década antes. No solo nota que la entrada a la ciudad es tan bella que “las granjas con jardines y huertos cercados [solares] se parecen a los de Appenzell [noreste Suiza], y, a no ser por el viejo volcán Irazú, en cuyo pie se asienta la ciudad, se podría jurar que se tiene delante el más encantador de los valles de Suiza” (34), mientras que al mismo tiempo enfatiza en el fastidio presente en la Cartago de 1853, que empeora con …

“sus calles largas, rectas, cubiertas de césped y cortadas por fosos en los que se corre el peligro de ahogarse cayendo en ellos durante la estación lluviosa en la oscuridad. Fuera de los días de mercado es un desierto; no tiene un solo edificio digno de nota, sin excepción de sus insignificantes iglesias” (Marr y Solózano, 2004, 378)
Nota que el día de mercado (los jueves) era bastante pintoresco, no tanto por la cantidad y variedad de los productos, pues era más un mercado agrícola que comercial sino por “los numerosos indios que allí se ven”, entre numerosas muchachas campesinas y rodeadas de “dones” y señoritas (Ibid). Una impresión similar se llevó de Cartago el viajero Meagher, a quien le impresionó lo lúgubres, “solitarias, soñolientas y frías” en cuyas calles era

“raro ver en ellas un alma a ninguna hora. De vez en cuando se tropieza con una figura egipcia, balanceando con soltura una tinaja llena de agua sobre la cabeza, impasible y deslizándose sin ruido; pero durante horas éste es quizás, el único objeto viviente que atenúa el vacío sepulcral de la población” (Ibid, 418).

Meagher en ese momento, se hospedó en un hotel céntrico administrado por un desertor alemán de las huestes filibusteras del estadounidense William Walker (1856-1857), (35) fue al mercado el jueves, a la iglesia en la mañana y en la noche escuchó música interpretada por la banda de militar en frente de la casa del gobernador. Su descripción de los dos días de actividades de Cartago es muy elocuente.

En uno de ellos, el domingo, vio la iglesia  llena la iglesia de mujeres envueltas en pañolones negros o de colores, describe las maniobras y revista de las milicias en la plaza y a aquellos habitantes quienes estaban envueltos en juegos de lotería, veintiuno y al tablero. El otro día de algarabía para la ciudad era el día jueves de mercado. Anota que ese día, en medio de una plaza patrullada por soldados descalzos y armados de fusiles y bayonetas,

“Las calles que conducen a la plaza [de mercado, frente iglesia Santiago Apóstol] se ven atestadas de carretas, bueyes, mulas, arrieros, soldados y músicos callejeros; atestadas de mesas, mendigos y estropeados que pidiendo limosna sacan un capital de sus huesos torcidos. En la plaza se venden innumerables artículos… Hay rebozos de seda color de arco iris procedentes de Guatemala, mantas de lana, chaquetas como las de los bandoleros, con franjas y brillantes botones superfluos. Hay granos de cacao en zurrones de cuero... jícaras exquisitamente labradas con dibujos muy complicados…. Hay zarazas inglesas estampadas, bareses, cortaplumas, loza, tijeras, planchas, hoces y navajas de afeitar… de los Estados Unidos se ve poco o nada… El mismo Cartago contribuye con sombreros blandos de pita y trabajos en oro tales como cadenas y brazaletes, alfileres de pecho y canastillas votivas, estas últimas hechas con la más seductora delicadeza y rebosantes de perlas, perlas rosadas, redondas y lucientes del golfo de Nicoya”(Ibid, 422-424).

Además los frutos de la tierra, describe en detalle la vestimenta de las mujeres, en especial de las “mestizas” o mujeres de campo. Al viajero, proveniente de una sociedad puritana le impresionó la frescura con la cual se vestían las mujeres y la piel que sin enojo mostraban al vender el producto de las productivas tierras cartagas.
Wagner y Scherzer amplían la descripción que la ciudad y establecen que desde 1841 y derivado de las regulaciones en el sistema constructivo decretado en 1822, en Cartago se….

“lleva desde entonces la vida de una aldea tranquila y pacífica. Sus casas están construidas, para mayor seguridad contra temblores, de un solo piso de ladrillo y cubiertas de tejas huecas. Ninguna de sus iglesias tiene importancia histórica y arquitectónica, a no considerarse el antiguo templo frente a la plaza del mercado [Iglesia de Santiago Apóstol], con sus torres cuadrangulares derribadas por el terremoto y que aun aguarda su reconstrucción, como ruina moderna” Wagner y Scherzer, 1974, pp271-272).

La anterior descripción refleja los cambios asociados a la reconstrucción de la ciudad  de Cartago producto del terremoto de San Estanislao. En cuanto a las iglesias, se sabe que varias fueron reconstruidas como fue el caso de la ermita de San Nicolás de Tolentino, la cual se levantó gracias a las suscripciones de los devotos quienes también compraron el terreno del frente de la antigua ermita para que la iglesia tuviera su plaza propia. Dicha compra refleja un cambio significativo en el concepto del espacio urbano. Su reconstrucción siguió por varias décadas pues los trabajos culminaron en septiembre de 1883, cuando la ermita fue consagrada por el segundo obispo de Costa Rica, Bernardo Augusto Thiel (1880-1901). Dicha edificación fue dañada posteriormente por el terremoto de Santa Mónica de 1910. (36)

Igualmente se reconstruyó la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Pese a que hoy tenemos a dicho santuario como un lugar importante de peregrinación, en mayo de 1858, la iglesia fue considerada por Meagher, como un lugar que

“está lejos de ser el edificio más bonito y sólido de la ciudad. Las grandes peñas que la circundan, los techos de tejas coloradas y manchas de rico follaje de que surge modestamente, realzan el efecto de la fachada dórica, de la maciza torre cuadrada con su tiara de relumbrante bronce, del techo gris de cinc, de la hilera de pilastras color de alabastro que flanquean la gran puerta de entrada, de las hornacinas que a uno y otro lado de ésta albergan detrás de sus rejillas de hierro una cohorte de ángeles con alas, túnicas y borceguíes del tamaño de un muchacho. El altar mayor de la iglesia es en extremo grandioso” (Fernández G., 1979, p.421).


Esta imagen de la iglesia de la Patrona de Costa Rica dista mucho de la que tenemos hoy producto de la reconstrucción posterior al terremoto de Santa Mónica y la celebración de los trescientos años de la aparición en 1936 y su renovación producto del terremoto de Limón en 1991.

Hacia mediados del siglo XIX con la reforma que propició Carillo, se ensancharon las calles y se abrieron espacios públicos urbanos como fue la dotación de plazas públicas. Uno de ellos fue la renovación de la Plaza Mayor, la cual hacia 1886, se convirtió en un parque. (37) Asimismo se creo otro espacio abierto enfrente de la Iglesia de los Ángeles en 1867, luego se construyó la Plaza de Asís (cerca de los Capuchinos) y la Plaza de la Soledad. (38) Algunos de estos espacios serán ampliados posteriores al terremoto al expropiar y diseñarse un nuevo plano urbano.

Otra de las consecuencias significativas para los habitantes cartagineses y producto del ensanche de las calles fue que derivó en una mejor comunicación con  la ciudad capital, San José. Hacia 1859, la ruta entre San José y Cartago se convirtió en suficientemente buena como para que “una especie de ómnibus lo recorre todos los días, debido al tráfico considerable que hay entre ambas poblaciones” (Fernández, G., 1970. p. 487).

Pese a lo significativo que fue tener una comunicación diaria con la capital para efectos comerciales, legales y de organización estatal, se considera que Cartago no recobró la vitalidad comercial que tenía antes de 1823. Este supuesto aún espera ser constatado por investigaciones académicas.

Los cambios en la conformación de la ciudad y que pueden explicar la poca dinamicidad de la ciudad descrita por los viajeros puede encontrar explicación en el número de habitantes que tenía Cartago a dos años del terremoto y los que parece tuvo quince años después. La División Territorial Administrativa de Costa Rica, establece que en 1844 había 16,275 habitantes, sin embargo, el viajero inglés Anthony Trollope en 1859, calculaba la población de la ciudad en 10,000 almas. (39) Definitivamente, los sistemáticos vaciamientos de la ciudad producto de procesos políticos y efectos de la naturaleza aún esperan ser estudiados.
A modo de epílogo

Los cambios que supuso la reorganización administrativa a finales del período colonial, el inicio de la vida independiente y las subsecuentes luchas para definir la forma de organización política de la entonces joven república se vieron fuertemente influenciados por el terremoto de San Estanislao de 1822, el cual en un inicio se vio como una señal divina para evitar una lucha fraticida. La Batalla de Ochomogo se dio meses después y reforzó los cambios a nivel político al consolidar a San José como la capital. Asimismo ambos terremotos apuraron el cambio en el lenguaje arquitectónico costarricense.

El terremoto de San Antolín de 1841, promovió la discusión pública sobre el sistema constructivo y la seguridad y salubridad pública. De tal forma, de dicho terremoto se heredó el primer código constructivo que sería remozado luego del terremoto de Santa Mónica de 1910. Los cambios en el paisaje urbano y en los estilos de vida fueron más fuertes a partir de este evento sísmico al vislumbrarse en los ambientes públicos y privados la incursión de la modernidad y nuevos conceptos de salud. (40)

Al final, la historia de la ciudad de Cartago es fiel a las palabras que emitiera el Gobernador de Cartago, Telésforo Peralta en 1858, “Sin embargo… tan grande es el apego de las gentes de Cartago a su tierra, que sufren todos estos males con paciencia, y tan pronto como es derribada su querida ciudad la reconstruyen con las ruinas” (Fernández G., 1970, pp427-428).


 
NOTAS


1 La fundación original data de 1563, lo cual hace a Cartago la ciudad más antigua de Centroamérica.
2 Cursiva en el original. Dicho adobe o ladrillos eran de “una arcilla que parece tierra, que mezclan con césped picado bagazo de caña de azúcar, haciéndola pisar por bueyes para que estos ingredientes se amalgamen bien. Luego hacen ladrillos de dos pies de largo por unas doce pulgadas de ancho y cuatro o cinco de grueso, que ponen a secar al sol y duran setenta u ochenta años cuando están bien hechos”, Ampliar en: Ricardo Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 2. ed., 2 (Costa Rica: Editorial Universitaria Centroamericana, 1970), 24-25.
3 Ampliar en: Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 24. Para detallar en el estudio de la vida en el Cartago colonial, véase Arnaldo Moya Gutiérrez,
Comerciantes y damas principales de Cartago. Vida cotidiana (1750-1820)
(Cartago: Editorial Cultural Cartaginesa, 1998).

4 Ampliar en: OVISCORI. “Sismicidad histórica”, recuperado de:
http://www.ovsicori.una.ac.cr/sismologia/sismicidad_historica.htm

5 Para más información véase: Cartago (Costa Rica). Ayuntamiento y Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia de Centro América. Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago, 1820-1823 (San José: Imprenta Nacional, 1971), 193.

6 Ibid., 187-89.

7 Para ampliar véase Rafael Obregón Loría, Hechos militares y políticos, De Nuestra Historia Patria (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1981). Rafael Obregón Loría, Costa Rica en la independencia y la Federación (San José: Editorial Costa Rica, 1977).

8 Ampliar en :Iván Molina Jiménez, La alborada del capitalismo agrario en Costa Rica, 1a ed. (San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1988).

9 Para más información consultar: Cartago (Costa Rica). Ayuntamiento y Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia de Centro América. Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago, 1820-1823, 193.

10 Consultar en: Ibid., 192.

11 Consultar: Ibid.

12 Para ampliar sobre el mismo véase, Edgar Cabezas Solera, La medicina en Costa Rica hasta 1900 (San José: Editorial Nacional de Salud y Seguridad Social: Caja Costarricense de Seguro Social, 1990).

13Ampliar en: Cartago (Costa Rica). Ayuntamiento y Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia de Centro América. Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago, 1820-1823, 196.

14 Consultar  Ibid., 199.

15 Ampliar en: Iván Molina Jiménez, "Viviendas y muebles. El marco material de la vida doméstica en el Valle Central de Costa Rica (1821-1824)," en: Moradas
y discursos. Cultura política en la Costa Rica de los siglos XIX y XX, ed. Iván Molina Jiménez (Heredia: EUNA, 2010), 43.

16 Véase: Cartago (Costa Rica). Ayuntamiento y Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia de Centro América. Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago, 1820-1823, 201.

17 Consultar:  Ibid., 193-94.

18 Para más información: Walter Montero Pohly, “El terremoto de San Estanislao del 7 de mayo de 1822. ¿Un gran temblor de subducción del sur de Costa Rica”  En: Revista de Ciencia y Tecnología. Vol X Número 2. 1986. pp 11-20. Citado por Estéban Rodríguez Dobles, "Catástrofes y Mentalidades Colectivas. Las creencias religiosas ante las catástrofes en el occidente del Valle Central (1799-1853)" (Universidad de Costa Rica), 105.

19 Ampliar en: González Víquez, Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas en Costa Rica 1608-1910, 19.

20 Ibid., 91.

21 Véase, Patricia Fumero Vargas, "La ciudad en la aldea. Actividades y diversiones urbanas en San José a mediados del siglo XIX," en: Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900), ed. Iván Molina Jiménez y Steven Palmer (San José: EUNED, 2004). Patricia Vega, "De la banca al sofá. La diversificación de los patrones de consumo en Costa Rica (1857-1861)," en: Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900), ed. Iván Molina Jiménez y Steven Palmer (San José: EUNED, 2005).

22 Ampliar en: Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 427. Para 1844 la población de la ciudad de Cartago era de 16.275 personas según datos proporcionados en: Hermógenes Hernández, Costa Rica: evolución territorial y principales censos de población, 1502-1984, 1a ed. (San José, Costa Rica: EUNED Editorial Universidad Estatal a Distancia, 1985), 46. González Víquez,
Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas en Costa Rica 1608-1910, 22-28.

23 ANCR. Serie Gobernación, Doc. 23, f 191.

24 Para más información consultar:  Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 427.

25 Para ampliar sobre el gobierno de Braulio Carrillo véase Clotilde María Obregón, Carrillo: una época y un hombre, 1835-1842 (San José: Editorial Costa Rica, 1989).

26 Ampliar en: González Víquez, Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas en Costa Rica 1608-1910, 24-25.

27 Los documentos se encuentran en Villalobos Rodríguez y Chacón de Umaña, Braulio Carrillo en sus fuentes documentales, 520-30.

28 Se puede consultar en: Andrés Brenes Zúñiga, "Memoria histórica de arquitectura urbana de la ciudad de Cartago: siglo XX" (Universidad de Costa Rica, 2003), 41.

29 Ampliar en Clotilde Obregón:  Carrillo: una época y un hombre, 1835-1842, P. 158 y González Víquez, que detalla la cantidad de muertos y edificios dañados según ciudad, villa y pueblo, p. 22-23.

30 Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 375. Meagher establece que murieron 16 personas en Cartago. Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 427.

31 Ampliar en: Revista del Archivo Nacional de Costa Rica, Año XXVII, enerojunio, 1964, 67. Código de Construcción emitido por Braulio Carrillo en 1841. Doc1080-8ª disponible en:
http://www.ovsicori.una.ac.cr/biblioteca/index.php?dir=Riesgos/Riesgo Sism ico en Cartago/

32 Véase José Daniel Gil Zúñiga, El culto a la virgen de los Ángeles (18241935): una aproximación a la mentalidad religiosa en Costa Rica, 1a ed., Biblioteca de Historia Rafael Obregón Loría; no.1 (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2004).

33 Para el caso josefino véase, Fumero Vargas, "La ciudad en la aldea. Actividades y diversiones urbanas en San José a mediados del siglo XIX," 113
61.

34 Marr y Solórzano, Viaje a Centroamérica, 378.

35 Trollope lo describe en 1859 como un filibustero alemán. Ibid., 488.

36 Consultar:  Jesús Mata Gamboa, Monografía de Cartago (Cartago: Editorial Tecnológica de Costa Rica, Instituto Tecnológico de Costa Rica, 2008), 376-77.

37 Sobre la historia de la Plaza Mayor ver Franco Fernández Esquivel, La Plaza Mayor: génesis de la nación costarricense, 1. ed. (Cartago, Costa Rica: Editorial Cultural Cartaginesa: Uruk Editores, 1996).

38 Ampliar en Jesús Mata Gamboa, Monografía de Cartago (Cartago, Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica, Instituto Tecnológico de Costa Rica, 1999), 765.

39 Ampliar en: Hernández, Costa Rica: evolución territorial y principales censos de población, 1502-1984, 46, Fernández Guardia, Costa Rica en el siglo XIX, 487.

40 Ver Patricia Fumero Vargas, El advenimiento de la modernidad en Costa Rica: 1850-1914, Serie Cuadernos de Historia de las Instituciones de Costa Rica; 20 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2005).
 
Fuentes:
Archivo Nacional de Costa Rica. Serie Gobernación, Doc. 23, f 191.
Archivo Nacional de Costa Rica. Mortuales Coloniales de Cartago, Exp. 914 (1808), f. 2.
Revista del Archivo Nacional de Costa Rica, Año XXVII, enero-junio, 1964, 67. Código de Construcción emitido por Braulio Carrillo en 1841.  Doc1080-8ª disponible en:  http://www.ovsicori.una.ac.cr/biblioteca/index.php?dir=Riesgos/Riesgo Sismico en Cartago/
Oficial. Código de Construcción emitido por Braulio Carrillo en 1841.  Doc1080-8ª disponible en:  http://www.ovsicori.una.ac.cr/biblioteca/index.php?dir=Riesgos/Riesgo Sismico en Cartago/
 
Ver bibliografía en la publicación original en http://www.estudiosgenerales.ucr.ac.cr/estudios/no23/papers/isec2.html

Foto: imagen suministrada por la autora "Casa de Cartago que resistió el terremoto de 1841"

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