OFICIALES DE SEGURIDAD Y TRATO AL PUBLICO

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En menos de una semana he tenido dos experiencias desagradables con oficiales de seguridad de instituciones públicas, quienes quizás en un abuso de autoridad o quizás debido a una falta de capacitación sobre el trato al público, me hablaron de una manera que considero irrespetuosa.

La primera experiencia me sucedió en el Tribunal Supremo de Elecciones, donde una guarda de seguridad se dirigió a mí con un tono de regaño, como si estuviera molesta, cuando le hice una consulta sobre un evento al cual yo iba a asistir.

La segunda experiencia fue en la Municipalidad de Cartago, donde un señor de seguridad utilizó también un tono irrespetuoso para preguntarme para dónde iba cuando, hoy 1 de mayo, me dirigía a un pasillo con una persona a grabar en audio una entrevista para la radio.

Si bien se entiende que el señor en cuestión está simple y sencillamente haciendo su trabajo de cuidar el recinto, existen maneras respetuosas y maneras irrespetuosas de dirigirse a las personas. La forma como él lo hizo fue irrespetuosa.

En el caso de la funcionaria del TSE, realmente no veo razón alguna para que utilizara el tono de regaño e irrespeto con el que me preguntó si yo era representante de UNESCO o parte del público de la actividad de ese día.

Pero éstas son sólo dos historias más de las muchas que se viven a diario en nuestro país, ya que en ocasiones anteriores me ha sucedido, por ejemplo en Emergencias del Hospital Max Peralta, y basta con conversar al respecto con amigos o conocidos para que las anécdotas afloren por doquier.

Evidentemente existen agentes de seguridad que dan un ejemplo de cordialidad, respeto y servicio al cliente, pero ellos también sufren las consecuencias del mal trato que dan algunos colegas suyos, puesto que las personas en ocasiones tienden a generalizar y atribuirle a todo el gremio las malas actitudes de algunos de sus miembros. Como reza el "dicho", pagan justos por pecadores.

Pero más allá de expresar la indignación y el descontento por actitudes de este tipo, cabe reflexionar sobre la capacitación que reciben o no reciben las personas que están en contacto con el público en las instituciones públicas del país.

La teoría de la Inteligencia Emocional habla de conductas tóxicas contagiosas como los gritos, los malos gestos, el mal humor y los tonos negativos al interactuar con las personas, comportamientos que contaminan a quienes se ven afectados por ellos.

Una cultura de paz como la que se promueve en el país va más allá de no tener ejército, pues debería basarse en el diario vivir, el respeto y la armonía en las relaciones sociales.

Y hago la salvedad del carácter público de las instituciones porque en el sector privado por lo general prestan especial atención al servicio al cliente y no lo tratan mal.

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