LA HAZAÑA DE MARÍA DOLORES BEDOYA

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En un cuento en que la historia se entremezcla con la ficción, Fraser Pirie narra, el paso por Nicoya  del mensajero que llegaría a Cartago con la noticia de la independencia. Entre diálogos y narración afloran datos históricos y ficción, en ellos sale a relucir Doña Dolores Bedoya, y se termina  hilando  la tradición de los faroles el día previo a la independencia en Costa Rica con aquella mujer que corriera por las calles de  Guatemala instando al pueblo a participar en las acciones que llevarían a la decisión tomada del 15 de setiembre de 1821.

La Hazaña de María Dolores Bedoya


Por Fraser Pirie


—¡Papá, papá!— entré llamando a mi padre, Manuel Briceño.

—¡Están tocando las campanas de la Iglesia y la gente está afuera!

—¿Que está pasando? — preguntaba ansiosa mi madre.

Era un mensajero que traía noticias del Norte. La gente salía de las casas a pararse al frente de sus puertas. Mientras esto pasaba, seguían repicando las campanas frente a la plaza.


—¡Don Manuel, tengo noticias para don Manuel! — repetía airoso el mensajero, aún montado en su caballo. El mensajero vestía un pantalón de cuero cosido por los lados, su camisa blanca era de lona, que aunque no era suave al tacto sí duraba mucho y era propicia para el trabajo.


Mi madre salió en carreras y le ofreció una bijagua con un refresco que hacemos aquí en mi pueblo, muy gratificante. He visto que lo muelen y le agregan agua pura.  
Sin haberse bajado de la montura, el jinete tiró el ancho el sombrero hacia atrás y bebió hasta que apaciguó la sed. Ya más tranquilo,  volvió a pedir audiencia con don Manuel Briceño.


—Bájese ya señor y pase para adentro— le indicó mi madre.


Al bajar se sacudió el polvo del camino al Norte y pasó a sentarse bajo el árbol llamado Guanacaste, que nace del idioma Náhuatl, “Guautil”, árbol y “Nacaztli”, oreja, lo que significa “árbol de la oreja”, porque los frutos del mismo se parecen a las orejas de las personas.

Llegando mi padre se saludaron respetuosamente mientras  el mensajero le comunicaba que traía importantes noticias desde Guatemala. Mi padre no habló para escucharlo. 


—Don Manuel, mire usted, vengo cabalgando ya desde hace unos días desde Guatemala, de la Audiencia Real.
Así se los comunicó a todos. Yo había llevado al caballo atrás, al brebaje y a que le  quitaran la montura; muy apurado regresé a escuchar toda la noticia.

—Los delegados se reunieron en la Capitanía General de Guatemala con todos los representantes y los enviados de los Partidos y las Provincias. Llegaron todas las autoridades, los obispos, los padres y los alcaldes. ¡Qué cantidad de gente!  En total eran como 56 personas que  representaban a toda la zona central de América.

Usted sabe que algunos son muy letrados y de mucho conocimiento, pero también hay otros que son débiles de carácter y no faltan los indecisos. No obstante  aprobaron el Acta de Independencia y nos hemos apartado de la Madre España.


—¡Santo Dios!—exclamó mi madre—.  ¿Y ahora qué vamos a hacer nosotros sin el apoyo de España?

—¿Cual apoyo?—le preguntó mi padre—. Mujer ¿Ya te has olvidado de todo lo que te he venido contando?

—En 1808 Napoleón Bonaparte invadió España, tomó el control total e impuso en el noble trono a su hermano Jerónimo Bonaparte. Desde ese momento, España dejó de dirigir nuestro destino. Pero en 1810 se fundaron las Juntas, recuerden cuando nos unieron con Costa Rica para lograr mandar un representante. ¿Y a quién enviaron?

—¡Yo sé, yo sé! — me interpuse.


 Mi padre me miró con una sonrisa.


—Veamos si sabes.

—¡Florencio del Castillo!— le grité con mucho entusiasmo.

—Sí, es correcto. Se mandó a don Florencio del Castillo a representarnos a todos. Para el año 1812 Napoleón Bonaparte empezaba a invadir  la Rusia de los Zares.


El mensajero siguió explicando


—Allá en la Madre España hicieron una Constitución Democrática, que no estoy muy seguro que significa, pero nuestro Rey Fernando VII la rechazó de inmediato. El año pasado, en 1820, se volvió a reunir a todos y se restableció la Constitución de 1812. De ahí nacieron la Provincia de Nicaragua y la Provincia de Costa Rica. Pero el 13 de Diciembre de 1820, la Diputación nuevamente dividió el territorio provincial en siete Partidos: Costa Rica, Nicoya, Rivas, Granada, León, El Realejo (Chinandega) y Nueva Segovia. 

—Don Manuel, mire usted, desde que se hizo esa nueva Constitución solo de eso se habla en todas partes. ¿Quiere decir que nos mandamos nosotros mismos?  Pero siempre se ocupa un Rey. ¡¿Cómo podemos tomar decisiones sin el Rey?! Dicen también que todo este problema lo está acrecentando la Declaración de Independencia de los trece estados en Norte América.

—Bueno— dijo mi madre—. Los de esos mentados trece estados tienen toda la razón, porque el rey de ellos no es católico y por eso,… no es de buenas costumbres.

Puntualizó mi madre, que salió ofuscada a preparar comida.

Los hombres se rieron y el mensajero volvió a tomar la palabra.


—Las mujeres saben cosas, don Manuel. Me estaban contando que a la señora  de don Manuel  Molina -ella se llama María Dolores Bedoya- siempre le ha gustado la idea de separarnos de España. Es más, es a ella se le debe las firmas del Acta.


—¿Pero cómo?— preguntó mi padre. 

—Se dice que ella preparó todo. Mientras que Molina estaba con los discursos, ella se fue a la ciudad, contrató música  y pólvora y se fue por todos los barrios de la ciudad  invitando a la gente a la gran fiesta de la “Independencia”. Esa noche del 14 de setiembre de 1821, la primera gente salió de sus casas a preparar la fiesta y ver si adelantaban en algo. Con linternas y faroles alumbraban todas las calles, así empezaron a llenar la plaza.

—Para el 15 de setiembre  empezaron a soltar cohetes y bombas tronadoras, todo contratado por María Dolores Bedoya. Mientras tanto, doña María Dolores le hablaba a la gente y les explicaba el significado de la independencia; todos estaban muy anuentes  gracias a la fiesta y tanta alegría.

Don Manuel  permanecía en la asamblea con los delegados, discutiendo unos a favor y otros en contra, y se estaban poniendo nerviosos por una posible reacción negativa del pueblo. Entonces decidieron dar el voto a favor de la Independencia con España. ¡Todo fue gracias a esa mujer, Bedoya! Si no fuera por ella hoy no estaría yo aquí. Cada 14 de setiembre quieren salir a las calles con faroles, para esperar la fiesta del 15 de setiembre.

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Todos nos reíamos con la historia; otros llegaban a escuchar y a apreciar la idea de una buena fiesta, eso si era pagada por don Manuel Briceño. 

Yo no entendía muy bien lo que era la Independencia, en Nicoya siempre nos hemos mantenido aparte y no respondemos ni a Nicaragua, muy al norte, ni a Costa Rica. Estamos más cerca de Santa Cruz, la única ciudad que conozco aparte de la mía. Mejor espero a ver qué dice mi papá.  

Mi padre se quedó almorzando con don Aniceto el mensajero, hablando sobre todas las implicaciones que esto podía tener para nosotros. Yo me fui afuera, a sentarme un rato  debajo de un árbol para pensar, hasta que mi mamá me llamó para almorzar y seguir la conversación de los adultos.

—Don Manuel, yo no sé que va pasar aquí, en el Partido de Nicoya, pero mañana tengo que salir temprano para Puerto Jesús para que me trasladen al Puerto de Punta de Arenas. No puedo perder el pase y debo llevar estas noticias hasta Cartago. Que ellos resuelvan lo que corresponda.

—Un abrazo Aniceto, me quedo pensando en todo esto, vuelva tan pronto como pueda con las noticias de Cartago... es una complicación, pero la modernidad llega y uno también tiene que adaptarse con los años a los nuevos tiempos. Mejor no contemos nada de esa señora Bedoya, sino las mujeres se van a volver insoportables. Usted sabe, una guerra de mujeres. ¡Que  Dios nos proteja!

En la madrugada don Aniceto salió camino a Cartago

Epílogo

Desde hace 50 años, cada 14 de setiembre se celebra la noche de las antorchas. Los niños las preparan en las escuelas y al salir de las casas y llegar al parque de cada localidad, se celebra con entusiasmo la llegada de la Antorcha de la Libertad.

¡Todo gracias a la gesta de doña María Dolores Bedoya!

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