MI ENCUENTRO CON EL  MAS ALLÁ

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Sustos, fantasmas apariciones, forman parte de esta historia de Don Fraser Pirie, desde los tiempos del terremoto de 1910, hasta la desaparición de la Casona de los Pirie en Agua Caliente de Cartago.

Mi Encuentro con el  Mas Allá: en la finca Agua Caliente

Por Fraser Pirie


Van a hacer ya los cien años, en que don Rafael Ángel Troyo fue aplastado por la torre de una iglesia.  Al día siguiente del Terremoto de Cartago, el 7 de mayo de 1910, Troyo se fue para Cartago para ver qué era lo que había pasado y parado al frente de una iglesia vino un nuevo temblor que hizo caer más edificios, paredes, y techos.


En ese momento perdió la vida. Este señor Troyo era dueño de muchas fincas y era de mucho caudal. Se le conocía por un chalet en Cartago, al costado norte del parque Jesús Jiménez. Cada año viajaba a Europa a la subasta y venta de su café que así lo acostumbraban en esa época. Por tren a Limón y en vapor a Inglaterra, así cuidaba de su producto y al regresar a Costa Rica, podría traer libros, ropas, y además nuevas costumbres europeas.   

  
Únicamente que en Agua Caliente no se le apreciaba. Hecho curioso: después de su trágica muerte, el cura local de Agua Caliente no quiso darle santa sepultura a sus restos, ya que alegaba que Troyo mantenía extrañas prácticas muy censurables. Entre estas estaban el rezarle a una lechuza, todavía existe la cueva por la casa vieja, frente a la escuela Juan Vásquez de Coronado en donde la cuidaban. Para festejarla, la llevaban en ancas, en una procesión por las calles del pueblo. Don José Ángel Cerdas me informaba que siendo niño, al pasar esa extraña procesión, su madre los encerraba a él y a todos sus hermanitos adentro de la casa y procedían a rezar hasta que se fuera. Luego de ese desfile, pasaban a la casa y la propiedad amplia a realizar el festín.


Parece que otra costumbre totalmente extraviada, fue el uso del opio. Como en ese tiempo una bolita pequeña se masticaba para efectos neurológicos y matar el dolor, el uso indiscriminado del opio ya era en realidad un abuso como narcótico. Cuando ya no podían dormir, le daban las órdenes al cochero, y este preparaba la volanta.


Dicha volanta de color verde claro la llegue a conocer guardada durante años en un antiguo galerón de leña. La volanta la llevaban por las noches a Cartago a darse una vuelta. Sobre los empedrados irregulares de la calzada colonial, el clic-clac asustaba a los lugareños. ¡Iban pasando los Troyos! Más temor les tenían. Porque al atardecer en Cartago, la gente se acostaba temprano y salir en las brumas nocturnas no era común en esas épocas.


Su fuerte capital lo protegía de las malas lenguas y su buena pluma como poeta nacional deshacía toda crítica de su aparente vida bohemia.     
El Presidente en ese tiempo era don Cleto González Víquez. Para el terremoto ya había sido elegido don Ricardo Jiménez Oreamuno.


Un problema inusual que demuestra la Costa Rica de antes y la libertad que ostentaba, era que los campos santos le pertenecían a la Iglesia, entonces, un cura podía establecer a quién se le daba santa sepultura y a quién no. Así que, muchas personas que no fueran católicos romanos se les denegaba el uso del camposanto. Con el problema del terremoto de Cartago, el Presidente González Víquez nacionaliza los campos santos y los convierte en cementerios generales bajo el cuidado de la Gobernación. Ante la crítica de seis Jesuitas radicados en el país, les mandó la policía con órdenes de arresto inmediato y los llevaron a la estación de la Northern, de ahí llegaron siete horas después a Limón donde les esperaba un vapor. Salieron de Costa Rica los temidos Jesuitas que interferían en todos los países en el mundo entero. Su intromisión política era muy conocida. Todavía al día de hoy, se les ve con suspicacia. El Presidente hizo un gran favor a Costa Rica al heredar la separación efectiva, entre la Iglesia y el Estado.


En lo relativo a esta crónica, lo importante es que nunca se supo adonde habían enterrado a Troyo, ya que el cura local lo había excomulgado. ¡De hecho ya no podía descansar en el campo santo! Nosotros, siempre pensamos que a Troyo lo habían enterrado debajo de unos frondosos higuerones en la propiedad. Años después, se rumoraba que Troyo cuidaba de su tesoro en la parte de atrás de la casa grande. Ya que atrás era donde estaba la lechería y se creía firmemente que ahí era donde había escondido el tesoro. Su fortuna nunca se encontró y los rumores crecían con cada cuento más. ¡Bueno tan cierto era, que de noche no salíamos al jardín por si acaso Troyo andaba con una linterna antigua dando vueltas cuidando su tesoro!    
Mi cuñada, mi hermano y yo, conversábamos en muchas ocasiones sobre mi padre Alejandro Pirie quien murió en 1962. Todo empezó a calentarse ya que un día cuando al igual, la casa estaba vacía y desocupada mi sobrina Andrea, muy niña salió de una habitación y le dijo a su madre que un señor grande le había hecho un cariño en la cabeza. Nosotros todos nos volvimos a ver entendiendo de una vez que alguien se había aparecido.

 “Debe de haber sido don Alejandro”, decía Patricia. 


Esto lo seguimos discutiendo y conversando como un tema muy de nosotros. Entonces la   cuñada Patricia, nos llevo a la casa en Agua Caliente una médium. A nosotros nos dijeron que esperáramos en la oficina. La señora dijo ver los pies  de un hombre acostado en el dormitorio. El día que vino la médium a la casa la esperábamos allá en un costado en la oficina. Venía caminando con los ojos cerrados sosteniendo una candela blanca encendida. Así iba alumbrando el camino.


La señora salió caminando por el corredor y al llegar a la oficina, nos pregunta, “¿Qué quieren mis niños?” Yo desde unos metros de distancia empecé a creer porque escribió en un papel y puso una firma que inmediatamente reconocí. Era la letra A, que la formaba como en forma de triángulo. En el escrito habla de un bulto. Que sacaran el bulto. No lo entendimos en el momento pero a los años todo se esclareció.


Fue mi primera experiencia con una médium. Fue toda una experiencia. Pero era obvio que mi padre no gozaba de la Presencia de Dios y estaba virtualmente en la oscuridad. También porque hablaba de mis niños, tal y como nos dejo cuando murió tan trágicamente. Bueno no pasó a más y rápidamente nos olvidamos de esa extraña experiencia. Pasaron los meses y unos años.    


Para el año de 1970, mi madre había casado de nuevo, al ser viuda y mis nuevos hermanastros llenaron la casa por lo que quizás era el tiempo de independizarme y así me fui a vivir a la casa vieja de la finca. Era una casa de madera con muchísimos años ya de existencia. Claro tenía comején, pero era abierta con mucha luz y me dieron unos años muy excelentes, de muy buena vida y mucha felicidad. Los perros me acompañaban a andar por la propiedad y el delicioso clima de Cartago me encantaba. ¡Únicamente que asustaban! 
Por ejemplo, yo estaría sentado en la sala oyendo música clásica que me estaba empezando a gustar, y leyendo un libro. De pronto sentía una sensación y sin  volver a ver podía ver los pelos del brazo levantarse electrificados. Lo que llamamos con los pelos de punta.


Los escalofríos no me asustaban tanto, pero aun así yo sabía que había una persona parada al frente mío. 
Es decir uno puede sentir la presencia de otra persona al igual que en un bus uno siente que lo están viendo, y al volver a ver atrás hay una persona mirándolo detenidamente. Es un sentido adicional o extrasensorial, que si uno escucha los sentidos dados de Dios, usted sabe. Quizás no se puede explicar bien ni se puede probar, pero se sabe.   


Resolví un día que tanta presencia en mi casa de Agua Caliente había que resolverlo. Seguramente había alguna manera de que los perros no volvieran a ver a una esquina y seguir con la vista alguien invisible que pasaba. Eso era normal. En la casa yo no estaba solo, más bien éramos un grupo grande de gente. ¡Parece que todos nos respetábamos bastante! ¡Los seres invisibles y el nuevo inquilino! 
Le expuse esta situación al contador de la empresa y con un criterio muy amplio. Sabía todos los asuntos y las confidencias de la familia. Pero decidí confiarle el problema porque después de morir mi padre lo escuche hablando de la Sociedad Teosófica.


Los criterios y conocimientos de estos grupos hace cuarenta años eran novedosos para ese tiempo.
A los días de pedirle ayuda, con mucho cuidado y delicadeza, don José Joaquín abrió su billetera y de ahí expuso un papel doblado desde mucho tiempo atrás. ¡Yo me puse nervioso y ansioso por recibir una información que no sabía que era, pero es que deseaba  tanto resolver este asunto! Con mucha tranquilidad, -demasiada para mí-, abrió el papel y me dijo que llamaría a ese teléfono para preguntar si me podían llevar para hacer una consulta.


Otro día me llamó a Agua Caliente y me dijo que me apresurara en venir a San José ya que a las diez de la mañana me esperaba para ir a un lugar en donde me iban a atender. Ya lo recogí y me fue guiando a la dirección. Al bajarnos del automóvil él fue entrando por las gradas y yo me sentía que iba caminando en una nube hasta la puerta de la casa. ¡Me encontraba en un estado de nervios, de ansiedad, de estar buscando un no-se-que y estar en la puerta de lo desconocido y aun así lo deseado! En eso, la señora mayor conocida como la abuela, me dijo, “Macho, pase y se sienta”.  


Pasé al cuarto y detrás de una cómoda grande una señora se sentaba con los ojos cerrados. Me hizo un gesto amistoso de acercarse y sentarse en la banca. 
“Buenos días, en que te puedo servir”, decía la señora desconocida. Al explicar que yo buscaba ayuda para mi padre, me indicó que se le iba a buscar y ayudar. Que por favor empezara usando unos líquidos que la señora mayor me explicaría. A los días, llegaron a Agua Caliente y por la noche hicieron una ceremonia para la casa. Debe de haber sido un exhorcismo. 


¡A mí me daba miedo salir a la parte de atrás de la casa, porque estaba seguro que ahí asustaban! ¡Todos los vecinos sabían que ahí andaba todas las noches una linterna alumbrando un tesoro escondido! ¡Pero la ayudante de la señora Nena de una vez, con toda determinación,  procedió a poner crucecitas por todas las paredes con un perfume, y yo tome valor y la seguí! Ahí me explicó lo que el Maestro mandaba. “¿Pero no es una señora”, preguntaba el muchacho de veintidós años?  “¡No es el Maestro que incorpora”!   Y yo que le acaba de decir señora.  
                                                     
A los días volví de nuevo a las diez de mañana y el Maestro ya incorporado me hizo pasar adelante, lo que molestó a unas señoras pacientemente esperando su turno. Recibí una buena ayuda y curado o desalojado de todo mal.   


La mejor defensa, la tiene la persona que es muy espiritual y reza continuamente. Porque la evocación espiritual con sus fluidos balsámicos que son derramados desde lo Alto, a consecuencia de una oración pura y muy espiritual lo protegen de los impulsos de odio y de su fluido bajo y tosco. Toda invocación a Dios, trae una evocación que descienden desde las esferas espirituales. Esa persona espiritual se arma de una barrera de luz la cual no puede ser penetrada fácilmente.


Los espíritus salieron de esa casa y confiando en que hayan llegado de vuelta a las mansiones celestiales. Ya no asustaban en la casa y vivimos muy tranquilos.


Pasa que un día estábamos en una lucha libre los niños y yo, jugando en el piso cuando de reojo volvimos a ver,  paramos por unos segundos nuestros forcejeos, para ver a una persona que aparentaba que ir pasando de la sala al corredor. Nos volvimos a ver los niños y yo, porque ahí no había nadie. 


El tesoro de Troyo


Con el tiempo la casa se fue deteriorando demasiado y por fin la abandonamos y salimos definitivamente de esa casa. A los muchos años, un día llegó un amigo conocido como Fernando y me invitó a ir a ver el tesoro de Troyo. “ 


¿Cómo tesoro”, le pregunté? 


Mi amigo me contó que en la parte de atrás en donde estaba la lechería de Troyo, y en donde siempre se pensó que asustaban, unos señores había pasado un detector de metales. Quitando el piso de madera, encontraron la base de cemento a la cual la maquina detectora recibía una señal. Entonces cortaron el cemento y se abrió un tanque o pequeño cuarto todo de cemento. ¡Ahí encontraron una compuerta y más abajo había algunas reliquias indígenas!  


¿“Será posible”, me preguntaba yo una y otra vez? Encontraron una máscara de jade verde con diferentes insignias grabadas en el frente. Además piezas pequeñas del mismo jade muy típico de la zona. Además indicaron que habían encontrado monedas españolas del siglo pasado y algunos libros remojados y sin utilidad. 


Pero al fin decidí no ir. Si este señor hacía actos no bien vistos o cuadros indeseables, para mí era mejor no tocar monedas o artículos que podrían traer alguna maldición. La casa ya cumplió su tiempo de vida y ya no existe, y ya todos los espíritus se han ido.  


Fraser Pirie
Aguacal1@yahoo.com

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